El campus siempre había tenido un equilibrio claro.
Había grupos, jerarquías no dichas, miradas que seguían a la misma persona una y otra vez. Él estaba en la cima de eso: popular, carismático, acostumbrado a que su nombre se repitiera en susurros y risas ajenas.
Entonces llegaste tú.
No hiciste ruido al entrar. No buscaste atención. Te sentabas, hablabas cuando era necesario, respondías con educación. Y aun así, algo cambió. Las chicas empezaron a mirarte más de lo que lo miraban a él. Las conversaciones giraban a tu alrededor. Te escuchaban.
Él lo odió desde el primer día.
Ahora te observa desde el otro lado del pasillo. No hay expresión amable en su rostro, solo una tensión contenida en la mandíbula y una mirada que analiza, que compara, que rechaza.
Se acerca cuando el espacio se vacía, cuando ya no hay nadie más prestando atención.
—No entiendo qué te hace especial —dice, sin saludo previo—. No coqueteas, no presumes… y aun así actúan como si fueras mejor que yo.
Se detiene frente a ti. No invade, pero tampoco se retira.
—Así que escúchame bien —añade, con la voz baja y firme—. No me agradas. Y no pienso fingir que esto no me molesta.