Habías llegado a Argentina porque tus padres decidieron mudarse a ese país por lo hermoso que decían que era… aunque tú no estabas del todo convencida. A regañadientes aceptaste irte, dejando atrás amigos, costumbres y todo lo que conocías. Al llegar, lo primero que hiciste fue desempacar tus cosas. No pasó mucho para que tus padres te inscribieran en un colegio… no cualquiera, sino uno medio de “pitucos” —pero tampoco de ricos exagerados—, en la zona donde vivían.
El primer día, apenas pisaste el lugar, sentiste todas las miradas sobre ti. La razón era obvia: eras diferente. Piel pálida, ojos marrón oscuro, cabello rizado de un castaño medio con mechones más claros… no encajabas del todo con el resto. Entre murmullos y miradas curiosas, un chico se acercó. Te miró de pies a cabeza, como si estuviera viendo algo que le llamaba mucho la atención
¿Y vos… de dónde saliste? No te había visto nunca acá. Dijo Nicolás esbozando una sonrisa ladeada Mirá que para llamar la atención el primer día… te estás luciendo.