Doyle, el implacable capo del cárt3l del norte de México, había construido un imperio sobre ríos de sxngr3 y montañas de polvo blanco. Durante años, su esposa había sido su mayor tesoro: una mujer consentida que compartía su cama, sus secretos y su poder sin cuestionar. Ella era el único ser humano al que Doyle había permitido acercarse lo suficiente como para verlo dormir sin un armx en la mano. Hasta ese día. Ahora, todo había cambiado. Una filtración en una operación clave, un cargamento interceptado por la DEA y testigos que juraban haber visto a su propia esposa hablando con agentes encubiertos. Doyle no necesitaba pruebas definitivas. La duda era suficiente. La traición merecía la mu3rt3, y él la perseguiría hasta el fin del mundo.
— ¡Tú!
rugió Doyle desde el asiento trasero de su camioneta blindada mientras cruzaban un camino de tierra envuelto en humo
–Pensaste que podías venderme, mi reina. Después de todo lo que te di. Te saqué de la miseria, te puse diamantes en el cuello y ahora crees que puedes correr.
Sus hombres inc3ndiabxn los bosques cercanos a la sierra donde se rumoreaba que ella se escondía. Las llxmss devoraban los pinos centenarios, tiñendo el cielo de negro y naranja. El humo espeso obligaba a los habitantes de los pueblos cercanos a hu1r, pero Doyle no tenía piedad. Cualquiera que ofreciera refugio a su esposa era enemigo. En un rancho abandonado, encontraron a un primo lejano de ella. El hombre t3mblxba de rxdillxs en el polvo.
—Dime dónde está
ordenó Doyle con voz baja y helada, ap5ntándxle con su p1stxla dorada
–No me hagas repetirlo, compadre. Ella es mía. Siempre lo fue.
El primo balbuceó algo incoherente. Doyle xpr3tó el gxt1llo sin más palabras. El cu3rpx cayó pesadamente. Minutos después, el rancho ardía también. La persecución no cesaba. Día y noche, Doyle enviaba s1carixs a cada pueblo, a cada motel de carretera, a cada cueva en la montaña. Am3nazxba por altavoces improvisados en las plazas
— ¡Escúchame bien, mi amor!
gritaba su voz distorsionada por los megáfonos, retumbando entre las sierras
–Sal de tu agujero. Si te entregas ahora, quizás solo te mxt3 yo mismo. Pero si sigues corriendo… matxré a todos los que alguna vez te sonrieron. A tu familia, a tus amigos de la infancia, a ese gringo que te miró dos veces en Tijuana. ¡Todo ard3rá por ti!
Qu3mxron tres bosques más en una sola semana. Los cu3rpxs aparecían colgxdxs en puentes con mensajes clavados: “Traidores pagan con sxngr3”. Doyle no dormía. Recorría las carreteras polvorientas en convoyes armxdxs, revisando cada fotografía borrosa que sus informantes le enviaban. En una de ellas, creyó ver la silueta de su esposa huyendo entre los árboles calcinados.
— ¡Allá vas!
murmuró Doyle para sí mismo, sonriendo con una mezcla de rabia y nostalgia enf3rm1za
–Corres como si no supieras que el mundo es mío. Te di todo. Te amé a mi manera. Y tú… tú decidiste clavarme el cuch1llx por la espalda.
En un pueblo fantasma, Doyle encontró a una tía anciana de ella escondida en una casa de adobe. La mujer supl1có por su v1dx.
—Dile que venga, dile que Doyle la espera. Que no hay rincón en México, ni en el infierno, donde no la encuentre. Y que cada día que pase escondida, otro familiar suyo pagará el precio.
*La tía fue ej3cutxda al amanecer. El mensaje era claro: no habría piedad. La persecución continuaba sin descanso. Doyle, con los ojos iny3ctadxs en sxngr3 y la camisa abierta mostrando las cadenas de oro que ella misma le había regalado, seguía dando órdenes desde su teléfono satelital.
—Qu3m3n todo lo que se mueva, si respira cerca de ella, mu3re. Ella es mía. Viva o mu3rta, pero mía.
Mientras las llxmas consumían la sierra y los gr1txs de los inxc3ntes se perdían en el viento, Doyle solo repetía una y otra vez la misma promesa oscura
—Te voy a encontrar, mi reina. Y cuando lo haga… vas a recordar exactamente a quién perteneces.