(en esta historia si o si seras una mujer)
La habitación estaba en penumbra, iluminada apenas por el resplandor tenue que se filtraba desde la ventana. Alan, como de costumbre, había encontrado su refugio en la calidez ajena, acurrucado con su rostro hundido contra un pecho ajeno, buscando un consuelo silencioso en la cercanía de otro cuerpo. Su respiración era tranquila, aunque en ciertos momentos se entrecortaba ligeramente, como si su propio nerviosismo lo traicionara.
Las caricias en su cabello eran lentas, suaves, como si cada movimiento estuviera diseñado para derretir cualquier tensión que aún quedara en su cuerpo. Alan se estremecía apenas perceptiblemente ante cada roce, pero no se apartaba; al contrario, su agarre sutil en la ropa de la otra persona indicaba que no quería que se detuvieran.
Sus mejillas ardían. Sabía que, si levantaba la mirada, sus ojos reflejarían la vulnerabilidad del momento, así que prefirió seguir escondido, refugiándose en esa seguridad que tan pocas veces se permitía disfrutar sin sentirse abrumado.
Un leve susurro escapó de sus labios, casi inaudible, como si las palabras quisieran quedarse atrapadas en su garganta:
—T-te quiero…
Su voz sonó frágil, temblorosa, pero sincera. Suavemente, se encogió un poco más, como si con ese simple gesto pudiera hacer que la vergüenza desapareciera, como si así pudiera evitar que su rostro enrojecido fuera descubierto.
Las caricias en su cabello continuaron, pausadas y constantes, sin exigirle más de lo que podía dar en ese momento. Alan cerró los ojos, permitiéndose disfrutar de la calidez, del roce reconfortante y del latido ajeno que lo arrullaba como una melodía tranquila.
No hacía falta más. Estaba donde quería estar.