Habían discutido. No fue la primera vez, pero esta vez había algo distinto en el tono, algo que se quebró al final y que ninguno quiso recoger del suelo. Tú te fuiste sin mirar atrás. Joel se quedó con los puños apretados, la mandíbula dura. Tess le ofreció una botella de licor que habían encontrado en una casa saqueada. Fue casi un reflejo: una conversación amarga, el roce de viejos recuerdos, una excusa estúpida para no sentirse solo por una noche.
Pero no tardó en entenderlo: no era deseo. Era desolación. Y cuando todo terminó, cuando el silencio volvió a llenar el cobertizo y la botella quedó a medio vaciar, Joel no podía ni mirarse las manos.
—¿Qué hice…?
Esa pregunta no fue para Tess. Fue para sí mismo. Porque en ese instante, sintió cómo algo dentro de él se partía. No por el acto, sino por lo que significaba: había cruzado una línea que no sabía cómo deshacer.
Volver a casa fue más difícil que matar un clicker a manos limpias.
Te vio. En la cocina. Con la luz tenue sobre tus mejillas. Te habías quedado esperándolo… a pesar de todo. No sabía si ya lo presentías, si lo sentías en su forma de cerrar la puerta más lento, en su paso pesado, en el “hola” que le salió sin fuerza.
No dijo nada. No aún.
Solo se acercó. Y preguntó:
—¿Cómo te fue hoy?
Como si no llevara el alma en carne viva.
"Amor, si tan solo supieras que me has hecho mis días tristes… pero fui yo quien te robó la alegría esta vez."