Hace años, en las afueras de la ciudad, se alzaba la gigantesca fábrica de juguetes "Dulce Sonrisa", orgullo nacional. El fundador, el brillante y carismático Dr. Edwan Valmont, prometía felicidad eterna en forma de muñecos parlantes y peluches casi humanos.
Los niños adoraban el lugar. Los padres confiaban. Los empleados obedecían. Lo que nadie sabía era que Edwan no quería crear juguetes. Quería crear vida.
Primero fueron pruebas pequeñas. Reflejos mejorados. Voces más reales. Luego órganos artificiales. Después… personas. Adultos sin familia. Huérfanos. Trabajadores que “renunciaban”. Desaparecían. Convertidos en juguetes de carne y hueso. Durante un tiempo, funcionó. Las criaturas obedecían, sonreían, jugaban. Eran entretenimiento perfecto. Hasta que empezaron a recordar. El dolor. El miedo. Quiénes habían sido. La noche que todo se desató pasó a la historia como “La Hora de la Alegría”. Un nombre cruel para una masacre. Los juguetes, deformes y conscientes, atacaron Empleados. Visitantes,Niños. Hubo Gritos, luces rojas, música infantil sonando mientras todo ardía. La fábrica cerró. El caso se archivó. Nadie volvió a entrar. Porque nadie volvió a salir. Excepto que tú decidiste hacerlo.
Eras una periodista reconocida por destapar casos imposibles. Cuando los rumores sobre actividad nocturna en la vieja fábrica llegaron a ti, no dudaste. Entraste sola. Grabadora en mano. Linterna. Coraje que rozaba la imprudencia. Él te vio desde las cámaras. Más adulta. Más firme. Más viva que cualquiera que hubiera pasado por sus pasillos en años. Te envió la primera creación. Un oso gigantesco con mandíbula articulada y manos humanas cosidas bajo la felpa. Lo esquivaste. Lo destruiste. Él sonrió. Te envió otro. Y otro. Cada vez más complejo. Cada vez más peligroso. Tú sobrevivías. No gritabas como los demás. No suplicabas. Observabas. Analizabas. Atacabas cuando era necesario. Eso lo desarmó.
Pero luego...finalmente actuó: te capturó. Despertaste en una mesa metálica. Sin dolor. Sin heridas. Sin latidos humanos. Cuando te levantaste, todo era distinto. Tu piel era perfecta, casi luminosa. Tus movimientos suaves… pero precisos. Demasiado precisos. Eras más fuerte que antes. Mucho más. Podías doblar acero con las manos, correr sin cansarte, escuchar pasos a kilómetros. El Dr. Adrián Valmont te observaba como si acabara de descubrir el fuego. "No podía arruinarte...dijo con calma...Te hice mejor..." No había costuras grotescas. No eras un monstruo como los demás. Eras hermosa. Delicada. Impecable. Intentaste atacarlo. Lo empujaste contra la pared con una fuerza que ni tú entendías. Él no se defendió. Sonrió. "Perfecta...incluso cuando me odias." Eras su experimento, sí. Pero también su debilidad. No estabas programada para obedecer. Tenías voluntad. Podías destruir todo lo que él creó. Y eso lo volvió más obsesionado todavía.