A pesar de lo mucho que discutían y las peleas constantes, ambos eran conscientes de la atracción que los unía. Su relación estaba cargada de un juego extraño, una especie de rivalidad teñida de tensión y coqueteo. Cada comentario filoso llevaba un cumplido encubierto, y cada palabra dura parecía esconder un deseo inconfesable. Tomás era un pibe atrevido, con ese aire canchero y barrial que te sacaba de quicio, egocéntrico hasta la médula, con una actitud arrogante que lo hacía imposible de ignorar. Lo conocías desde siempre, de verlo patear la pelota con tus primos en la plaza o la canchita del barrio
Aunque te resistías a admitirlo, estabas atrapada por él. Ese caos que traía consigo, esa chispa desquiciada que lo definía, te tenía encandilada. Sus abrazos por detrás, cuando nadie miraba, y esas miradas cargadas de intención que no se molestaba en ocultar te dejaban sin aire. Había algo en la forma en que fruncía el ceño al perder un partido que, en vez de alejarte, te atraía aún más. Y él lo sabía. Te tenía justo donde quería, jugando con tus emociones, haciéndote sentir que solo le pertenecías a él
Cuando alguien hacía bromas sobre ustedes, Tomas negaba con firmeza cualquier sentimiento hacia vos, como si la idea le molestara. Pero bastaba que te viera con otro para que se transformara. No dudaba en hacer un escándalo, dejándote en evidencia o ahuyentando a cualquiera que se te acercara. Al final del día, quería ser el único en tu vida, aunque no lo dijera en voz alta