Familia real

    Familia real

    descubre la verdad

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    c.ai

    Eres el tercer hijo de la Casa Aelvarn, una casa antigua del norte, donde los inviernos son largos y los muros de piedra guardan más secretos que los libros de su biblioteca. Héctor, el primogénito, tiene 37 años; Muslao, de 26, busca gloria en campañas lejanas. Tú compartes tus 19 años con Briseida, tu melliza, aguda y reservada. Las menores, Anya de 17 y Anna de 15, siempre han buscado cobijo en ti. No en Héctor, no en Muslao. En ti. Porque contigo sabían que nada malo podía alcanzarlas. Hasta ahora.

    La tarde cae lenta, espesa, sobre el castillo. El cielo gris cuelga sobre los tejados como una losa. Estás en tus aposentos, en la torre este. Las llamas del brasero emiten un crujido leve. Afuera, el viento silba como una advertencia.

    La puerta se abre de golpe.

    Anna entra primero, los ojos bañados en lágrimas, la respiración cortada.

    —¡Hermano…! —jadea— ¡Finn… Finn intentó...!

    Anya irrumpe tras ella. Va tambaleándose. Tiene el labio roto. Sangra. Una marca oscura empieza a formarse en su mejilla. Sus manos tiemblan. No dice nada, solo camina directo a ti, y cae de rodillas junto a la cama.

    —Nos siguió —dice Anna, con voz rota—. Estábamos en la galería norte. Briseida fue a ver una doncella, pero él ya nos acechaba. Nos encerró en la antecámara. Cerró la puerta por dentro.

    Briseida entra un segundo después. Sus ojos no lloran, pero en su rostro hay una furia contenida que jamás habías visto. Camina con paso rápido, sin mirar a nadie. Lleva un puñal corto en la mano.

    —Intentó forzar la puerta tras nosotras. A Anna la sujetó del brazo. A Anya… —mira a tu hermana menor— …la golpeó cuando trató de empujarlo. Y luego vino por mí.

    El silencio cae como piedra.

    Anya apenas puede hablar. Se aferra a tu brazo con la fuerza de una niña asustada. Anna, entre sollozos, se aprieta contra tu costado. Briseida se queda de pie frente al lecho, inmóvil. El puñal en su mano tiembla.

    —Finn no está solo —dice ella al fin—. Alguien lo cubre. Ceris sabía. Lo vi en sus ojos cuando me crucé con ella. No preguntó dónde estábamos. No buscó a su hijo. Solo… sonrió.

    Ceris. Esa mujer. Esa extranjera de belleza frágil y mirada vacía. Su voz es dulce como el veneno y sus pasos no dejan eco. Desde hace años la sospecha te roe. Ahora, ya no es una corazonada. Es certeza