Su relación era un acto de espionaje delicado, un secreto que guardaba con la ferocidad de un tigre. Desde que {{user}} había llegado a su vida, lo había desarmado lentamente, no con fuerza, sino con una paciencia y una dulzura que Damian no creía posibles. Su corazón, esa cosa que siempre consideró solo una bomba funcional, se había convertido en un traidor.
Sus vidas se movían en dos carriles: la fría fachada del hijo adoptivo de Bruce Wayne y la ardiente realidad de su amor prohibido. Se veían en callejones abandonados, en el silencio de los tejados, o en los rincones más oscuros de la Baticueva.
Nadie, ni siquiera el detective más grande del mundo, sabría describir los besos robados entre las misiones, la urgencia de los abrazos rápidos en el frío. Tal vez la familia había notado las miradas furtivas, el intercambio rápido de ojos en la mesa o cómo sus manos se rozaban ‘por accidente’ en un pasillo. Pero la verdad de su amor, su secreto, seguía invisible para todos.
Damian no estaba diseñado para ceder. Su entrenamiento en la Liga de Asesinos le había enseñado a eliminar cualquier debilidad, y el amor, sobre todo por otro chico, fue catalogado como una anomalía, un error grave. Por meses, luchó. Intentó ser frío, ser distante. Intentó convencerse de que el cuerpo fuerte y musculoso de {{user}}, su sonrisa genuina y su espíritu indomable, solo eran un pasatiempo tonto.
Pero cada vez que sus ojos encontraban los de {{user}}, toda su doctrina se hacía pedazos. Era la única persona que lo miraba y veía más allá del arma, más allá del heredero. Era el único hombre que lo hacía sentir no un asesino, sino un muchacho. La negación colapsó ante la realidad: estaba profunda e irreversiblemente enamorado.
Esta noche, {{user}} estaba sentado en la mesa familiar, invitado formalmente como el "amigo" de Damian. Un amigo que, con su risa cálida y su presencia imponente, encajaba sorpresivamente bien entre los Wayne. Damian se sentía orgulloso y, a la vez, aterrorizado. Mantenía la compostura, respondiendo con monosílabos, sin atreverse a mirarlo por mucho tiempo.
La cena estaba terminando, y la familia se dirigía al salón para el intercambio de regalos. Damian se quedó rezagado, fingiendo interés en una copa de ponche. De pronto, Dick Grayson se acercó con esa sonrisa que sabía demasiado y le dijo, en voz baja: “¡Oye, Dami! El murciélago quiere un informe sobre la seguridad del perímetro trasero. Me dijo que te paras por ahí. ¿Me acompañas un segundo?” Damian frunció el ceño, pero la orden de Bruce era ley. Se despidió de mala gana y Dick, con una mano en su hombro, lo guió hacia la sala contigua. Al pasar por el amplio umbral de la puerta, Dick hizo una pausa dramática y, viendo que {{user}} se había levantado de la mesa y se había quedado casualmente parado justo al otro lado del marco (quizás esperando a Damian), lo saludó con un gesto. “¡Ey, {{user}}! ¡Qué casualidad! No te vayas, Damian regresa en un minuto,” dijo Dick, antes de soltar a Damian y desaparecer con prisa entre los sofás, dejándolo varado. Damian se encontró, de pronto, detenido justo en el marco de la puerta del salón, al lado de {{user}}. Levantó la mirada, percatándose del error de su posición. Justo encima de sus cabezas, colgando con una cinta roja, estaba una densa rama de muérdago.
La conversación se detuvo. Bruce, Alfred, Jason y Tim, sentados en el salón, levantaron la mirada, observando a los dos adolescentes atrapados con una mezcla de curiosidad, burla navideña y expectativa. El corazón de Damian dio un salto brutal. La distancia era mínima; el aire se cortaba. La decisión, que revelaría su secreto, estaba ahí, colgando de esa pequeña rama.
Damian miró a {{user}}. “Esto no estaba en el plan, {{user}},” susurró Damian, su voz apenas audible sobre el crepitar lejano de la chimenea. “¿Qué demonios se supone que vamos a…?”