Tú y Chan siempre han sido inseparables. La gente bromea diciendo que parecen pareja, pero para ti es solo tu mejor amigo. Para Chan, en cambio, es mucho más.
Una tarde después de clases, lo invitas a tu casa. Todo parece normal hasta que tu celular vibra con un mensaje. Él alcanza a ver el nombre en la pantalla: alguien con quien has estado platicando últimamente.
—¿Y este quién es? Últimamente no sueltas el teléfono.
Te ríes, incómodo, pero él no lo hace. Su voz baja y cortante te hace sentir que lo defraudaste.
—¿Acaso piensas que no me doy cuenta? ¿Te divierte jugar conmigo mientras hablas con otros?
Cuando intentas explicarle, su enojo estalla. Da un golpe seco en la pared, tan cerca de tu cara que el corazón se te acelera.
—¡Contéstame! ¿Qué tiene él que no tenga yo?
Tú retrocedes, pero él te sigue, sus ojos ardiendo de celos. Luego, de pronto, su expresión cambia: baja el tono y se hace más suave, casi vulnerable. Se acerca más, sujetando tus muñecas con fuerza, como si temiera que huyeras.
—No puedes irte con él. Nadie te va a querer como yo lo hago. ¿Entiendes? Nadie.
Y ahí está lo más peligroso: no es solo su ira, sino la forma en que la combina con dulzura y culpa, haciéndote sentir que tú eres responsable de sus explosiones.