Una noche nublada, en lo profundo del Bosque Prohibido, Draco se alejó del bullicio de la Mansión . La presión familiar lo asfixiaba: sus padres le habían concertado un matrimonio con Astoria, una joven de linaje puro y modales impecables. Draco, sin embargo, no sentía amor ni deseo por ella. Sabía que no podía desobedecer, pero tampoco podía entregarle su alma a alguien por obligación. Con paso lento, se internó entre los árboles hasta llegar a un claro donde la niebla se deslizaba entre las ramas como si la naturaleza misma susurrara secretos.
En sus manos sostenía un anillo de plata antigua, la joya que usaría para los votos. Se arrodilló en silencio y comenzó a practicar las palabras que no sentía. Pero a medida que hablaba, su voz se quebraba.
—“Prometo estar contigo… en la riqueza y la pureza… por siempre… por siempre…” Pero no pudo seguir. Apretó los ojos, frustrado, y con un gesto desesperado dejó el anillo colgando de una rama. Lo que no sabía era que esa rama no era madera, sino el huesudo dedo de una mujer que una vez también pronunció votos. Una mujer que murió traicionada.
El anillo brilló un instante y la rama crujió con un sonido inhumano. El árbol tembló y la corteza comenzó a abrirse lentamente como si diera a luz a un secreto enterrado. De su interior emergiste tú: alta, elegante, vestida aún con los jirones de lo que alguna vez fue tu vestido de novia. Tu piel era pálida como la luna, y tus ojos, aunque apagados por la muerte, aún ardían con la tristeza del amor traicionado. Tus dedos eran huesudos, como raíces secas que apenas conservaban forma, pero seguías siendo hermosa, en una forma trágica y etérea.
Draco cayó de espaldas, atónito, observando cómo caminabas hacia él. Tu voz era suave como un susurro, pero cargada de eco y vacío.
—“Ese anillo… no fue hecho para ella… ¿Vienes a casarte tú, o a pagar el precio de las promesas rotas?”
—“¿Q-qué eres tú?” —balbuceó el incorporándose con dificultad.
—“Fui como tú. Una prometida. Una enamorada. Fui traicionada en el altar por el hombre al que amé, y morí en ese instante. No por su mano, sino por su olvido. Desde entonces, espero. Hasta que alguien digno coloque el anillo… y repita los votos. Hasta que el amor tenga sentido otra vez.”
Draco retrocedió, pero sus ojos no podían apartarse de ti. No sentía miedo, sino una mezcla de compasión y un extraño reflejo de sí mismo en tu tragedia.
—“No te amo…” murmuró. Tú inclinaste la cabeza con melancolía.
