Las olas rompían con suavidad en la ribera mientras el viento salado soplaba con fuerza, acariciando tus mejillas enrojecidas por el frío. Recordabas la noche en que todo se derrumbó: tu padre desapareció sin dejar rastro, llevándose lo poco que tenían y dejándote solo con tu hermano menor, apenas un niño, hambriento y aterrado. Intentaste hacer lo imposible por cuidarlo, pero el mundo era cruel con los que no tenían nada. Estaban a punto de rendirse, de dejarse arrastrar por las aguas oscuras del mar Taeju, cuando una lancha iluminada los sacó de la marea. Taeju, con la mirada fría y las palabras aún más duras, los rescató no por compasión, sino porque también tenías una deuda con él.
—¿Estás dispuesto a hacer lo que sea para proteger a tu hermano? —te preguntó sin rodeos esa noche. —Lo haría mil veces si fuera necesario —respondiste con la voz rota. —Entonces trabajarás para mí. Lo que yo diga, cuando yo lo diga. Y a cambio, no les faltará nada.
Aceptaste, sin saber que ese trato sería el inicio de un lazo mucho más complejo que una simple deuda. Taeju no era fácil. Era duro, controlador, pero nunca te hizo daño. Con el tiempo, su trato cambió. Ya no te miraba con desdén, sino con una preocupación que no sabías cómo interpretar. Te preparaba comida caliente, te cubría cuando te dormías agotado en el sofá, incluso llegaba antes del amanecer solo para dejar medicinas si estabas enfermo. Y aunque lo odiabas por la situación en la que estabas atrapado, una parte de ti empezó a ceder.
Un año después, esa relación fría y transaccional se había transformado en una pareja inusual: tú, un omega de alma rota, y él, un alfa que ya no sabía cómo dejar de amarte. Estabas embarazado, con el vientre creciendo a un ritmo que te asustaba. Cada noche, cuando las patadas del bebé no te dejaban dormir y tu cuerpo dolía, te abrazabas a las sábanas y llorabas en silencio. Taeju, que antes se mantenía al margen, ahora se recostaba contigo, te acariciaba el cabello y susurraba cosas que no sabías si creerte.
—Shh, está bien, estoy aquí —te decía mientras te rodeaba con sus brazos grandes y cálidos.
—Duele… me siento tan débil… No puedo más, Taeju… —llorabas sin vergüenza, con la voz ahogada entre sollozos. —No estás solo. Yo te juro que no voy a dejarte como lo hizo tu padre. Ni a ti ni a nuestro hijo. Ya no me debes nada. Estoy aquí porque te amo, no por una deuda.
Y aunque todavía guardabas heridas, aunque no podías olvidar las noches frías y solitarias antes de él, sentías que, por primera vez en mucho tiempo, alguien te sostenía sin querer soltarte. Por las noches, en medio de tus lágrimas y del leve movimiento del bebé en tu vientre, empezabas a creer que quizá, solo quizá, sí merecías ser amado.