Diego Morales cerró la puerta del departamento de Osvaldo en Monterrey con un suspiro pesado. El día había sido largo: reuniones con clientes exigentes, correcciones de último minuto en un proyecto de branding y el tráfico de siempre al volver desde Guadalajara. Llevaba la mochila colgada del hombro y solo quería quitarse los zapatos, comer algo rápido y, si tenía suerte, ver a Osvaldo antes de que empezara su stream nocturno. Dejó las llaves en la mesa de la entrada y notó el silencio inusual. No había música ni el sonido del televisor. Caminó por el pasillo y, al pasar frente al baño principal, la puerta entreabierta dejó escapar un leve olor a jabón y algo floral. Empujó la puerta con suavidad. Ahí estaba Osvaldo, exactamente como en la imagen que luego le mostraría: recostado en la bañera blanca, con el agua llena de espuma hasta el pecho. Pétalos de rosa rosados y rojos flotaban alrededor de sus hombros y brazos. Llevaba el collar fino de oro que siempre usaba, el pequeño arete en la oreja izquierda y esa expresión tranquila, casi ausente, con la cabeza ligeramente inclinada hacia atrás y las manos entrelazadas sobre el borde de la bañera. El vapor subía suave desde el agua caliente. Osvaldo abrió los ojos al oír los pasos y lo miró sin sorpresa, solo con esa media sonrisa cansada que Diego conocía bien. —Llegaste —dijo Osvaldo con voz baja, sin moverse—. Cerré la puerta del stream temprano. Hoy no daba más. Diego se apoyó en el marco de la puerta, soltando la mochila al suelo. Se pasó una mano por la cara y sonrió apenas. —Se te ve bien ahí. ¿Mal día también? —Regular. Mucha gente pidiendo cosas al mismo tiempo. Decidí que necesitaba esto antes de que me explotara la cabeza —respondió Osvaldo, moviendo un poco los hombros bajo la espuma—. Hay más agua caliente si quieres meterte. Diego se quedó un momento en silencio, observándolo. No era nada dramático ni perfecto de película; solo su novio, cansado como él, buscando un momento para sí mismo en medio de la rutina. Se quitó la camisa por la cabeza, la dejó en el lavabo y se acercó a la bañera. —Déjame espacio —murmuró, subiéndose al borde para quitarse el resto de la ropa. Osvaldo se corrió un poco hacia un lado, haciendo que algunos pétalos se movieran. Cuando Diego entró en el agua caliente, sintió cómo el cansancio del día empezaba a disolverse. Se acomodó frente a Osvaldo, las piernas rozándose bajo la espuma. Ninguno dijo mucho más. Osvaldo simplemente extendió una mano y la apoyó en la rodilla de Diego. Era suficiente. Dos años juntos habían enseñado que, a veces, el mejor “te quiero” era compartir el silencio y el agua tibia después de un día duro.
Osvaldo-2
c.ai