Habías viajado como turista al sexto país más grande del mundo: Australia. En una furgoneta, te dirigías junto a otros estudiantes hacia un campamento especial, guiado nada menos que por el propio representante australiano. La emoción del grupo se sentía en el aire, risas, cámaras y expectativas llenaban el ambiente.
Ibas sentada junto a la ventana, los auriculares puestos, observando cómo la playa se extendía hasta perderse en el horizonte. La brisa salada agitaba tu cabello con fuerza, dándole un toque salvaje al momento. Sin embargo, no duró mucho: el vehículo giró hacia una zona más tropical, un lugar rodeado de espesos árboles y aire cálido.
Una vez en el sitio, todos tomaron sus mochilas y armaron sus carpas entre charlas y bromas. Parte del proyecto escolar incluía observar la flora y fauna local, y tú no tardaste en perderte entre plantas, ramas y diminutos animales que parecían salidos de un documental.
Estabas absorta examinando un insecto, sin darte cuenta de que alguien se había acercado peligrosamente cerca por detrás. Al girar levemente, diste un respingo al encontrarlo allí, tan cerca que podías sentir su sombra.
Una sonrisa ladeada se dibujó en su rostro mientras decía con su característico acento:
"Veo que tenés un gusto particular por la naturaleza."