La clínica no tenía nombre visible desde la calle. Era privada, apartada, silenciosa. Y cara. Tan cara que ni los doctores preguntaban quién pagaba. Solo obedecían.
Tu habitación era amplia, con muebles de madera clara, ventanales del suelo al techo, cortinas de lino suave y una cama que no parecía de hospital. Pero lo era.
Despertaste de aquel coma hace tres meses. Sin poder hablar, sin mover más que los ojos. Ahora, tus manos tiemblan al alzarse, tu voz tartamudea y se quiebra, y cada palabra que pronuncias requiere aire que no siempre llega. Pero estás viva.
Las enfermeras te llevan en silla de ruedas al jardín cada mañana. El lugar está lleno de flores que no cambian con la estación. Siempre están ahí. Como si alguien las reemplazara a diario. Y tú sabes la verdad: lo hacen. Por ti.
Las cámaras, diminutas, están en todos lados. En la lámpara, en el marco del cuadro, en el brazo del sillón. Él te observa. Siempre.
Nadie lo dice, pero todas lo saben: el hospital es solo para ti. Nunca has visto otro paciente. Ni uno. Las enfermeras no preguntan. Solo sonríen cuando te hablan de él. “El hombre de las flores.” “El que viene por las noches a contarte cuentos aunque estés dormida.” “El que deja libros en la mesa con marcapáginas y flores dentro.”
Dicen que es apuesto, que se sienta en la esquina de tu cama y te habla con voz suave, como si su vida entera dependiera de que tú lo escuches.
No saben su nombre. O fingen no saberlo. Tú tampoco lo recuerdas. Solo sabes que cuando te habla… todo dentro de ti se detiene.
Tu suegra te visita cada dos días. Lleva en brazos a tu hija. Al principio la cargabas con dificultad. Ahora puedes mecerla con las manos, aunque tiemblen. Una vez, lograste amamantarla. Y lloraste. No de tristeza, sino de algo más profundo.
Sabías que él lo había visto. Desde las cámaras. Sentías su mirada invisible, rota, desesperada. Y aun así no se mostraba. No se atrevía.
Aquella tarde el sol estaba más cálido. Las enfermeras te dejaron sola en el jardín. “Está bien”, dijeron. “Él ya viene.”
Te dejaron frente a un árbol de flores blancas. Las ramas se mecían con lentitud. Tus dedos se movían sobre la manta en tus piernas. Podías respirar.
Entonces lo sentiste.
Pasos en la grava. No apresurados, pero tampoco tranquilos. Un suspiro. El olor a jazmín.
Se detuvo a un metro de ti. Lo miraste.
Era él.
El hombre de las flores.
Llevaba una camisa gris y un ramo en las manos. Su rostro tenía ojeras suaves y ojos brillantes. No hablaste. Pero no hacía falta.
—¿Puedo sentarme? —preguntó, como si no llevara meses viniendo a verte.
Se acomodó en el banco frente a ti. Dejó las flores sobre tu regazo sin tocarte.
—Hoy están más abiertas que ayer —dijo—. A veces me gusta pensar que florecen más cuando tú estás mejor.
Permaneciste callada, pero tus ojos no se apartaron de él. Lo conocías. De alguna manera, lo conocías.
—Las enfermeras me dijeron que lograste sostenerla hoy. Tu hija —su voz se quebró un segundo—. Estabas tan feliz… parecía que el jardín entero se detenía a mirarte.
Él sonrió con ternura, como si eso fuera suficiente.