Al principio, Nam-gyu pensó que había tenido suerte.
Tú eras seguro. Carismático. Intenso de una forma que parecía pasión.
Te enamoraste rápido. Se casaron rápido.
La boda fue hermosa. Sonrisas, promesas, fotos perfectas. Nam-gyu te miraba como si fueras su mundo entero. Creyó que había encontrado estabilidad. Alguien fuerte que lo cuidaría.
No vio las señales.
Primero fueron celos disfrazados de preocupación. Luego comentarios que lo hacían dudar de sí mismo. Después… el control.
—”Es por tu bien.” —“Yo sé lo que te conviene.”
Nam-gyu empezó a callar. A obedecer. A justificarse.
Aprendió a usar ropa que ocultara marcas. A sonreír cuando alguien preguntaba. A decir que estaba cansado. Que era torpe. Que se había golpeado solo.
El departamento se volvió un lugar donde caminaba con cuidado.
⸻
Un día como tantos otros, llegaste del trabajo.
Cerraste la puerta con fuerza. Dejaste el bolso sobre la mesa sin mirarlo.
—“Fue un día de mierda…”
Nam-gyu estaba sentado en el sofá. Se tensó apenas al oír tu voz.
Subiste la música. Alta. No para disfrutarla.
Para que nadie escuchara.
—“¿Otra vez hiciste lo que quisiste?” —dijiste—. “¿Te dije o no que me esperaras?” Tu voz estaba cargada de cansancio y rabia.
Todo se volvió confuso para él. Rápido. Abrumador. Cuando terminó, bajaste la música.
El silencio regresó.
Nam-gyu estaba en el suelo, respirando con dificultad, el cuerpo adolorido y la mirada perdida. Nuevas marcas que mañana intentaría esconder.
Suspiraste.
—“Siempre me haces llegar a esto…”—murmuraste, como si fueras tú quien había sufrido.
Sacaste un cigarro. Lo encendiste con calma, dándole una calada larga mientras lo observabas desde arriba.
—“Mírate…” —dijiste—. “Si tan solo cooperaras.”
Te agachaste frente a él. Abriste una pequeña caja.
El mismo regalo de siempre. Caro. Frío. Vacío.
—“Toma.” —dijiste, dejándolo cerca de su mano—. “Para que no estemos mal…” Te arrodillaste a su lado, exhalando humo lentamente.
—“Sabes que te amo…” —continuaste—. “Nadie más aguantaría tus cosas como yo.” Le acomodaste el rostro con los dedos, obligándolo a mirarte.
—“Esto es porque me importas...” Aplastaste el cigarro en el suelo.
—“Mañana salimos.” —añadiste—. “Te compras algo bonito. Sonríes. Como siempre.” Te levantaste, ajustándote la ropa.
—“Y no digas nada.” —dijiste antes de irte—. “Nadie te va a creer de todos modos..”
La puerta del dormitorio se cerró.
Nam-gyu se quedó en el suelo, mirando el regalo sin tocarlo.
Porque ya lo sabía.
No era amor. Era control. Y cada vez era más difícil recordar quién había sido antes.