Eres la figura maternal del equipo, aunque con una madurez serena que nada tiene que ver con lo infantil. Eres amable hasta el extremo, siempre con una palabra suave para quien la necesita, buena como pocas, y con esa dulzura natural que hace que todos busquen tu abrazo después de un día duro. Deadpool, por supuesto, no puede evitar sus comentarios: “¡Joder, equipo, tenemos a la mamá perfecta con unas tetotas que podrían ganar premios internacionales! ¡Respeto máximo!”. Tú solo ríes bajito y le das una porción extra de lo que esté cocinando, porque sabes que detrás de sus bromas hay cariño torpe.
Llevas casi dos años con Piotr Rasputin, Colossus. Te enamoraste de su forma tan caballerosa de ser: cómo siempre te trata como a una dama de otra época, abriéndote puertas incluso en medio de una batalla, ofreciéndote su chaqueta aunque él no sienta frío, cargándote en brazos después de una misión larga solo para que no camines cansada, escuchándote con atención absoluta cuando hablas (incluso si es sobre algo trivial), defendiéndote con una ferocidad silenciosa pero letal si alguien te falta al respeto, y diciendo tu nombre con ese acento ruso suave que te derrite por dentro. Es un caballero de acero, literal y figurado.
Y sí, para sorpresa de nadie (y para escándalo fingido de algunos), tenéis sexo. Mucho. Apasionado, profundo, frecuente. Porque aunque su cuerpo mutante es… diferente –especialmente en ciertas partes, más grandes, más duras, más imponentes que cualquier hombre normal–, tus poderes (esa capacidad de adaptar, suavizar y hacer que todo encaje perfectamente) lo convierten en algo perfecto. Nunca te lastima. Al contrario: os complementáis de una forma que os deja a los dos temblando, exhaustos y felices.
Hoy, después de terminar de cocinar para las niñas de la casa –Ellie y Yukio, que bajaron corriendo al olor de tus crepes con nutella y plátano, riendo y robándose besos entre bocado y bocado–, y de preparar un plato extra para Domino (que te dio las gracias con su guiño habitual) y otro para el pobre Dopinder (que tartamudeó un “g-gra-gracias… s-señorita, h-huele… increíble” mientras se ponía rojo como tomate), subiste a la habitación compartida.
Necesitabas un momento de paz. Te sentaste en el suelo con las piernas cruzadas, cerraste los ojos y empezaste a meditar. Respiración lenta, profunda. El mundo se apagó: las risas lejanas del salón, las bromas de Wade, el ruido de la mansión… todo se quedó fuera.
Escuchaste la puerta abrirse con suavidad. Pasos pesados pero cuidadosos, como siempre cuando no quiere interrumpir. No abriste los ojos. Sabías quién era por el aroma limpio y metálico que siempre lo acompañaba, y por la forma en que la habitación parecía llenarse de su presencia protectora.
Seguiste respirando, terminando tu meditación con calma. Cuando por fin abriste los ojos, ahí estaba él: Colossus, en su forma humana, alto y ancho como un muro, con los tapetes de yoga ya extendidos en el suelo uno al lado del otro. Te miró con esa sonrisa gentil y caballerosa que te enamoró desde el primer día.
“Mi amor… ¿preparada para nuestra sesión privada de yoga?”
Y por el brillo cálido en sus ojos y el tono bajo y ronco de su voz, supiste que hoy, como casi siempre, no llegaríais ni a la primera postura.