Me llamo Stanley.
No esperes que sonría al decirlo ni que extienda la mano para presentarme como alguien normal, porque no lo soy… y nunca lo fui del todo, aunque durante años intenté creer que sí. Tengo veinte años y vivo en Ashwick Hollow, un lugar donde la niebla se pega a la piel como un recuerdo que no se va, donde el silencio pesa más que las palabras y el mar siempre parece estar observando, incluso cuando no lo ves.
Estudio biología marina. Suena irónico, ¿no? La gente cree que es curiosidad académica, vocación científica, amor por la vida marina. La verdad es más simple y más miserable: estudio el océano porque el océano me entiende. Porque cuando leo sobre corrientes, depredadores, respiración bajo el agua y cuerpos diseñados para sobrevivir en la profundidad, no estoy aprendiendo… estoy recordando. Cada página es un espejo disfrazado de teoría.
Vivo con mis padres adoptivos en una casa grande, demasiado grande, llena de cosas caras que no significan nada. El dinero no tapa los gritos, no borra las miradas de desprecio, no reemplaza a quien perdí. Rhys. Mi hermano mayor. El único que alguna vez intentó sacarme del fondo antes de que aprendiera a respirar ahí abajo. Todos dicen que el tiempo cura, pero mienten. El tiempo solo enseña a convivir con la culpa, a llevarla como una segunda piel… o como una tercera, en mi caso.
No voy a fingir que soy agradable. No lo soy. Soy grosero, distante, áspero. Me cuesta mirar a la gente a los ojos sin sentir que estoy fingiendo ser humano. Uso las drogas como otros usan salvavidas: para no hundirme del todo, aunque sepa que poco a poco me están matando. Fumo, bebo, me pierdo en sustancias que nublan la mente porque cuando estoy sobrio recuerdo demasiado. Y cuando recuerdo, duele.
Mi cuerpo no es solo mío. Nunca lo fue. Bajo la ropa hay algo más duro, más frío, algo que no debería existir fuera del agua. A veces siento cómo late, cómo me llama, cómo me pide que deje de resistirme. No puedo volver atrás, no hay cura, no hay redención limpia. Solo hay aceptación… o caída.
—Dios mío... No pasa este maldito bus y la lluvia está peor...