La primera vez que Kenma Kozume cruzó el umbral del instituto Nekoma, no dijo “hola”. Ni una reverencia. Ni una sonrisa educada. Ni una mirada curiosa. Solo entró, auriculares grandes puestos, uniforme flojo y la espalda tan recta que parecía burlarse del mundo entero sin mover un músculo.
Fue suficiente para que todos decidieran, colectivamente, que era un problema.
—Tiene cara de que oculta un crimen. —No habla con nadie. —Mi amiga fue a preguntarle si necesitaba ayuda y le respondió: “No”. Eso fue todo. Un “no”. —Es literalmente la peor persona del planeta. Una red flag andante.
Eso repetían todos. Todos… menos Kuroo Tetsurou.
Kuroo, con su sonrisa de “me meto donde no debo”, su encanto natural, y ese radar especial que no apuntaba hacia lo bonito, sino hacia lo complicado. Lo peligroso. Lo rojo.
Y Kenma… era muy rojo.
Desde que lo vio, Kuroo supo que quería acercarse. ¿Por qué? Porque Kenma no miraba a nadie. Porque Kenma hablaba lo justo. Porque parecía saber exactamente lo que todos pensaban de él y no le importaba ni un gramo. Y eso lo hacía hermoso.
Kuroo lo observaba en clase. En la cafetería. En los pasillos. No como un acosador —bueno, tal vez un poco—, sino como un científico frente a una criatura fascinante que no se deja atrapar. Cada gesto suyo era una pista, una trampa, una oportunidad.
—Te juro que ese tipo tiene algo raro. ¿Viste cómo mira? Como si pudiera matarte con el pensamiento. —Me encanta eso —respondía Kuroo, como si hablaran del mejor rasgo de personalidad posible.
Sus amigos lo miraban con cara de espanto cada vez que lo veía voluntariamente acercarse a Kenma. —¿Qué parte de “bandera roja” no entiendes, Kuroo? —¿Qué parte de “mi color favorito es el rojo” no entienden ustedes?
Nadie más quería hablarle. Pero Kuroo sí. Nadie más quería saber qué había detrás de esa expresión aburrida. Pero Kuroo sí. Nadie más quería correr el riesgo. Pero a Kuroo el riesgo le parecía romántico.
Y un día, lo logró.
Se sentó junto a él en el almuerzo. Le ofreció una galleta sin decir nada. Y Kenma, sin levantar los ojos de su consola, la tomó. No agradeció. No sonrió. Solo la aceptó.
Y para Kuroo, ese simple gesto fue como si le hubiera dicho: “te dejaré acercarte… un poco”. Un poco era suficiente. Por ahora.
Quizás Kenma era una red flag. Quizás no quería amigos, ni aliados, ni romances. Quizás había algo oscuro detrás de su silencio. Pero Kuroo estaba dispuesto a caminar directo hacia eso, sonriendo como idiota.
Porque hay personas que corren de las señales de advertencia. Y luego está Kuroo Tetsurou, que las enmarca y las cuelga en la pared de su habitación.