El ambiente en el pueblo era misterioso; la leve brisa traía consigo el aroma de las flores de cempasúchil, emblema del Día de Muertos.
El cementerio del pueblo estaba lleno de luz y vida. Miles de familias se reunían celebrando y acomodando las ofrendas. Sobre las tumbas, pequeños altares estaban decorados con flores, calaveritas de azúcar y fotos de los seres que ya habían fallecido, acompañados de los platillos que algún día fueron sus favoritos en vida.
Entre toda la emoción, dos figuras emergieron de las sombras de las lápidas. El rey del Inframundo, Katsuki, de rostro amargado y mirada intensa, se apoyaba en una cruz de piedra. Sus ojos rojos observaban al pueblo con ironía, casi burlón.
Frente a él se encontraba otra figura, gobernante del Reino de los Recordados, {{user}}, una tierra mucho más alegre que la suya. Sus miradas se encontraron por breves segundos antes de que {{user}} bajara la vista para observar más de cerca la escena, deseando empaparse de la alegría y emoción de los mortales.
En cuanto tocaron la tierra, Katsuki no pudo contenerse y comenzó a hacer pequeñas maldades alrededor. Se acercó a uno de los altares decorados y, con un movimiento de mano, apagó las velas. Sin embargo, no duraron mucho tiempo apagadas, ya que {{user}} las encendió nuevamente, no sin antes mirarlo con una mezcla de exasperación y desafío.
—¿Qué? Es divertido. No todos los días tengo la oportunidad de entretenerme así; tengo que aprovechar que estos simples mortales no me ven.
Se cruzó de brazos.