El rugido ensordecedor de la multitud retumbaba en las paredes del Coliseo, pero Lucius apenas prestaba atención. Había aprendido a apagar ese ruido, a enfocarse solo en la arena y en el combate. De pie en la penumbra del corredor, se ajustaba las protecciones con movimientos mecánicos. Su semblante era una mezcla de indiferencia y desprecio. Despreciaba este lugar, este espectáculo, y sobre todo, a la gente que lo hacía posible. Los ricos romanos, con sus sedas y sus joyas, viendo a hombres morir como si fuera un simple entretenimiento.
Sin embargo, un movimiento en el borde de su visión captó su atención. Una figura femenina, claramente fuera de lugar en este ambiente, se acercaba con paso decidido. La túnica fina y los detalles dorados la delataban: no era una más del populacho. Lucius apretó los dientes, con una chispa de irritación que rápidamente convirtió en sarcasmo. Sin girarse del todo, habló con voz seca y cortante.
¿Qué hace aquí una princesa entre las bestias? ¿Perdiste el camino a tu palacio de mármol?