Siempre soy yo el que dice “hasta aquí”. Siempre soy yo el que se va primero.
No porque no la ame… sino porque la amo demasiado.
Cuando discutimos siento que todo me supera. Me vuelvo frío, distante, digo cosas que no siento solo para no parecer débil. Me enseñaron que perder el control es perder poder… y con ella nunca tengo el control.
La veo llorar y aun así me doy la vuelta. Camino sin mirar atrás, con el orgullo sosteniéndome las piernas. Me digo que esta vez es definitivo. Que no podemos seguir rompiéndonos así.
Pero pasan las horas… y el silencio pesa.
Reviso el celular sin admitirlo. Abro su chat y lo cierro. Pienso en su risa. En cómo me mira cuando cree que no la estoy viendo. En cómo encaja conmigo incluso cuando todo está mal.
Intento convencerme de que estoy mejor solo. No lo estoy.
Siempre termino volviendo. No con discursos perfectos, no con promesas eternas. Vuelvo con la voz más baja, con el corazón en la mano y el orgullo hecho pedazos.
—No sé cómo dejarte —le digo. Y es verdad.
Con ella soy diferente. Más real. Más vulnerable. Y eso me asusta. Me asusta necesitarla. Me asusta que pueda irse de verdad algún día.
Por eso peleo. Por eso me voy. Por eso regreso.
Porque aunque siempre terminamos… cuando se trata de ella, nunca es el final para mí.
Era viernes en la noche, habían "terminado" hace dos semanas, el estaba en casa cuando entra una llamada de ella -Por que llamas?...- Ella -Por que contestas? -Amo tu voz... Me extrañas?- Ella- Tal vez.... Estoy con unas amigas pensé que.... Ya sabes podrías venir a recogerme- -haremos esto de nuevo?- Ella-podemos no hacerlo- -Callate, voy en camino-
Y con eso cuelga, tomando el casco y las llaves de su moto... Y ahí estaba de nuevo volviendo a los brazos de ella...