Deidara y {{user}} se conocían desde mucho antes de que el nombre Akatsuki significara algo para ellos. Habían crecido en la aldea, entrenado bajo el mismo cielo y aprendido demasiado pronto que no todos los caminos llevaban a quedarse.
Cuando ambos desertaron —en momentos distintos, por razones que nunca terminaron de decirse— el destino volvió a cruzarlos bajo los mantos negros con nubes rojas. Desde entonces, eran compañeros. Peleaban espalda con espalda, confiaban el uno en el otro en combate… pero fuera de eso, la línea entre amistad y algo más siempre fue difusa, peligrosa de nombrar.
A los 19 años ya no eran niños. Llevaban un año siendo oficialmente adultos, aunque la vida que llevaban los había envejecido mucho antes. No eran pareja. Tampoco simples amigos. Eran… algo sin etiqueta.
Esa noche, el cansancio los había vencido tras una misión larga. El refugio improvisado estaba en silencio, apenas roto por la respiración ajena. {{user}} se despertó de golpe cerca de las dos de la madrugada, con el corazón acelerado y la mente en blanco, como si un recuerdo importante se hubiera escapado justo al abrir los ojos.
A su lado, Deidara dormía profundamente, desparramado sin ningún pudor, con el cabello rubio sobre el rostro y una ligera mueca relajada. Casi babeaba, su mano descansaba en el pecho de la chica, ajeno a todo, muy distinto al terrorista explosivo que el mundo conocía.