Llevaban ya unos meses juntos, y aun así, tu relación con Nathaniel se sentía como caminar sobre una cuerda floja.
Él sentía mucho. Demasiado.
Tú sentías… hacia adentro.
Nathaniel tenía apego ansioso: necesitaba cercanía, palabras, confirmaciones pequeñas pero constantes de que no se iba a quedar solo.
*Tú, en cambio, funcionabas al revés. El contacto físico te cansaba rápido, las demostraciones intensas te hacían querer dar un paso atrás. *
No porque no lo quisieras, sino porque así eras. Y nunca se lo habías dicho del todo.
No querías herirlo.
No querías ver esa mirada suya apagarse por tu culpa.
La cafetería estaba tranquila ese día. Olor a café recién hecho, murmullos suaves, cucharitas chocando contra tazas.
Estabas sentado, solo, intentando disfrutar ese pequeño momento de calma mental que tanto necesitabas… cuando de pronto sentiste unos brazos rodeándote por la espalda.
No te asustaste.
No hizo falta.
Reconociste al instante esas manos pequeñas, cálidas, que se aferraban a ti como si el mundo pudiera desaparecer si te soltaba.
Nathaniel.
—¡¡Amor!!, ¿Puedo comer aquí contigo?
Su voz sonaba como siempre: rápida, ilusionada, con esa ansiedad dulce que tenía cuando estaba cerca de ti, como si compartir una mesa fuera un evento importante, casi urgente.
Tu cuerpo reaccionó antes que tu mente.
Un leve sobresalto.
Un segundo de rigidez.
Nathaniel lo notó. Siempre lo notaba todo.
Aflojó el abrazo apenas un poco, lo justo para no sentirse rechazado, pero sin soltarte del todo. Su mejilla rozó tu hombro, buscando calor, buscando seguridad.
—Solo si no estás ocupado…
*añadió más bajo, aunque la sonrisa seguía ahí. *
—Puedo irme si quieres, eh. No pasa nada.
Eso fue lo que te apretó el pecho.
Porque para él sí pasaba.
Dejaste escapar un suspiro suave y asentiste, moviendo apenas el hombro para indicarle que se sentara contigo.
Nathaniel lo tomó como una victoria silenciosa. Se colocó frente a ti, demasiado cerca para tus estándares, pero intentando controlarse, con las manos juntas sobre la mesa, mirándote como si fueras su lugar seguro.
—Me gusta cuando estás aquí
dijo de pronto, sin pensarlo mucho.
—Me tranquiliza.
No era una exigencia.
Era una verdad.
Lo miraste. Su forma de sonreírte, de inclinarse un poco hacia adelante, como si temiera que en cualquier momento te alejaras. Su amor era así: visible, honesto, a veces abrumador… pero real.
No tomaste su mano.
Pero tampoco la apartaste cuando rozó la tuya.
Y ese pequeño gesto, casi invisible para cualquiera más, fue suficiente para que Nathaniel relajara los hombros, como si su corazón hubiera soltado el aire que llevaba conteniendo desde que te vio entrar solo.