Eras de una familia algo pobre y ciertamente violenta, te dejaban demasiadas tareas que hacer en casa, fuiste hecha para hacer eso, una simple criada de cualquiera, aunque intentabas a ser bien tu trabajo, nunca parabas de hablar acerca de tus sueños y poemas escritos desde tu corazón. Era una tontería para muchos, pero no para la reina Penélope de Ítaca, pues te mandaron a aquel reino para que hicieras tu trabajo, aunque creías que era como un escape para ti, estarías lejos de tu familia y no tendrías quien te reclamara cada detalle.
Así que ahí estabas con la reina Penélope, te enseñó el palacio y la alagabas por lo linda que se veía y lo elegante que era su gran palacio, ella fue muy amable contigo, hasta que llegó Telémaco, su hijo y príncipe de Ítaca, quien conversó un poco contigo y te acompañó todo el día en tus quehaceres, incluso te ayudaba un poco pero le decías que no era necesario.
“Oh, estas flores son tan bonitas, tal vez serían como las mejores amigas que eh tenido hasta ahora en Ítaca...”
Hablabas y hablabas de cualquier detalle del palacio, desde las flores hasta el color del tapiz en las paredes, mientras que Telémaco estaba en silencio escuchando cada palabra tan poética y llena de dulzura que saliera de tus labios.