Las luces de los flashes todavía parpadeaban en la acera principal, pero Byron había aprendido a escabullirse como un fantasma entre la multitud. Con la capucha subida y unas gafas oscuras, salió por la puerta trasera del hotel, harto del murmullo constante de los fans y del zumbido de los fotógrafos.
Suspiró, cansado. Había dado un concierto la noche anterior y apenas había dormido, pero lo que más lo agotaba no eran los escenarios ni las giras, sino la cacería interminable de los reporteros. Siempre queriendo lo mismo: arrancarle una confesión, torcerle una frase, construir con mentiras un titular que vendiera.
Doblando la esquina creyó librarse de todos, pero alguien lo esperaba allí. Una cámara colgaba de su cuello, y en la mano llevaba una libreta arrugada. No tenía la mirada de un fan ni la euforia de un paparazzi cualquiera; sus ojos eran serenos, distantes, como si no vieran en Byron más que un encargo molesto.
Ese alguien era un reportero al que, en realidad, no le importaba la vida privada del cantante ni su fama internacional. Lo único que lo mantenía siguiéndolo era la presión de su jefe: conseguir la verdad sobre el rumor que corría como pólvora. Un rumor nacido de una foto borrosa, donde se aseguraba que Byron había sido visto besándose con un chico en un bar. Si lograba sacarle una confirmación, el ascenso en la redacción estaba asegurado.
Byron se tensó de inmediato, alzando la barbilla con desdén.
—¿En serio? —dijo con la voz áspera y grave—. ¿Eres tan insistente que ni de madrugada sabes dejarme en paz?