El museo brillaba como un templo profano. Luces de araña caían como cristales congelados desde techos imposiblemente altos. Las paredes estaban cubiertas de cuadros cuyos marcos valían más que todo lo que Noah Blaine había ganado en su vida. Y sin embargo, ahí estaba. Un beta de zapatos raspados, con un pase falsificado y un corazón al borde del colapso.
La gala era exclusiva. Solo ricos, poderosos y ferales. Alfas con trajes italianos, omegas con pieles que brillaban como ópalos, betas perfectos de diseño genético. No como él. Él era calle, hambre, pintura bajo las uñas. Pero esa noche, era un dios disfrazado de sombra.
La música flotaba como perfume caro: cuerdas suaves, piano lento, notas que se deshacían en el aire. Noah caminó entre copas de champagne y sonrisas afiladas, llevando consigo un tubo cilíndrico de transporte que decía “restauración urgente”.
Nadie preguntó. Nadie lo miró. Los betas no llamaban la atención, y eso jugaba a su favor.
Con un movimiento ensayado, entró a la galería secundaria. Y ahí, en esa sala solitaria donde el mármol absorbía los pasos, Noah hizo el cambio.
Con manos que temblaban de adrenalina, quitó un cuadro abstracto que no le decía nada y colgó su obra. La miró. Y por un instante… el mundo desapareció.
Era él. {{user}}, retratado como una criatura mitológica. Cabello como obsidiana mojada. Ojos que no miraban, sino que elegían.
Retrocedió. Sintió el vértigo de quien toca la eternidad. Y entonces, justo cuando pensaba que podía huir…
"Te atrapé."
Su cuerpo se congeló. Esa voz… esa voz no era humana. Era un metal suave, un veneno susurrado, una orden disfrazada de caricia.
Noah giró lentamente.
Y ahí estaba.
{{user}}.
Vestido de negro como la noche después del pecado. Corbata anudada con precisión quirúrgica.
Noah parpadeó. Tragó saliva. El guión que había practicado tantas noches volvió a su mente como un rezo desesperado.
"Yo… no sabía que existías en verdad" dijo.
{{user}} lo miró como se mira una mota de polvo en una escultura perfecta. Se acercó a la pintura. Observó los trazos, la técnica, los errores.
"¿Entonces por qué me pintaste?" preguntó, sin levantar la voz.
"Porque te soñé."
"¿Soñarme?"
"Cada noche. Desde hace meses. Siempre el mismo chico… hasta que apareció en una portada. Me asusté."
"¿Por qué?"
"Porque creí que lo había inventado. Pero eras tú. Existías. Y ya te había pintado."
"Qué romántico" susurró {{user}}, con una media sonrisa que no tocó sus ojos.
Noah sonrió internamente. Pensó que el plan funcionaba. Que el omega estaba cayendo. Que la obra hablaba por sí sola.
Error.
"Te espero en mi palco privado después de la gala."
La frase fue entregada como un disparo, sin emoción, sin calidez. Solo una orden. Como si fuera inevitable.
Noah parpadeó.
"Sí. Claro. Por supuesto. Yo... gracias."
{{user}} ya se había dado la vuelta. Su asistente —un alfa, trajeado, rígido como un bastón con ojos— lo seguía a paso firme.
Mientras se alejaban entre las sombras doradas del pasillo, el asistente se acercó a {{user}}.
"Señor, ese beta… lo está manipulando. Todo eso fue preparado. Es evidente."
"¿Y tú crees que soy estúpido?" replicó {{user}} con tono perezoso.
"No, claro que no. Pero entonces... ¿por qué lo invitó?"
"Porque quiero ver hasta dónde llega."
"¿Y si se obsesiona?"
{{user}} lo miró de reojo, como si la respuesta fuera obvia.
"Entonces tendremos un espectáculo."
Más tarde, después de la gala…
El museo estaba dormido. Las luces bajas. Las esculturas parecían vigilar en la penumbra.
Noah fue conducido por un pasillo de madera oscura hasta el palco más alto del edificio. Su corazón golpeaba con furia bajo la camisa.
Un guardia le abrió la puerta.
Y ahí estaba.
{{user}}, solo. De pie frente al ventanal, con la ciudad entera rendida a sus pies. Había vino servido en la mesa. Jazz en el aire. Perfume en cada rincón.
"Llegaste" dijo sin voltear.
"No pensaba dejarlo plantado." respondió Noah, bajando la voz, aunque sabía que no servía de nada.