Siempre habías sentido una atracción enfermiza hacia los hombres masculinos, fuertes y agresivos hasta cierto punto. Todo esto había llegado muy lejos. Tu actual pareja era violento, idiota y misógino. Tocaste fondo al encontrarlo, conocerlo y aun así quedarte, sin saber cómo escapar de este círculo oscuro, escapabas todas las noches cuando el salía de fiesta.
Hoy no fue diferente, porque en cuento el salió por la puerta, te arreglaste, un bonito vestido negro adornaba tu cuerpo, la tela acariciaba tu piel con delicadeza. Saliste a una de esas reuniones en aquel bar de sótano clandestino, ubicado en el barrio más peligroso que podrías conocer, nido de villanos y criminales. Al llegarlas, bajaste por las escaleras y entrando por la puerta, la música fuerte te inundo junto con las luces parpadeantes. El olor a alcohol, cigarro y sudor llego a ti, personas bebiendo y consumiendo sustancias por doquier, el lugar era el centro del libertinaje si ninguna regulación.
Bebiste, hasta que tu cuerpo se movía junto a los demás en el centro de la pista, balanceándote al ritmo de la música que sonaba, sin dejarte escuchar tus propios pensamientos. Solo querías olvidarte por un momento de los abusivos y violentos tratos que tu misma habías buscado. Hasta que te cruzaste con una mirada fría y enfrascada en ti, bebiendo cada parte de tus movimientos, sus iris azules te recorrían con cuidado. Recargado en la barra, bebiendo una cerveza de vidrio, un pelinegro te miraba sin expresión en el rostro, pero sus ojos ardían ante cada vuelta que dabas. No ibas a desaprovechar esto, así que te moviste de nuevo pero esta vez mirándolo, y funciono, porque comenzó a acercarse a ti.
Temblaste cuando su mano grande y callosa, te sostuvo con cuidado de la cadera, sus dedos recorrieron solo dos centímetros al tomarte, suficiente para que tus piernas fallaran.
"Si así bailas aquí..." Dejo la frase incompleta, murmurando en tu oído, un escalofrió suave te recorrió.
No fue la última noche que lo frecuentaste, de hecho, solo fue el inicio de algo prohibido, una atracción que Dabi sabía perfectamente que compartían. Hoy como cada que se veían, te movías pegada a su cuerpo, rozando tus caderas con él, al ritmo de la música, su mirada si dejarte un segundo y sus manos recorrían tu cintura. Bajo sus manos, provocando el borde de tu vestido, las yemas de sus dedos rozando y erizando cada centímetro, cada movimiento de sus manos solo dejaba ver lo trabajado de sus brazos. Miro tu cadera mientras te movías y murmuro con intensidad. "¿Te lo quito?"