La noche caía pesada sobre Seúl, y el resplandor de las luces del río Han se reflejaba en los ojos de {{user}}, quien no dejaba de mirar por la ventanilla del auto negro. Jungkook conducía en silencio, elegante con su traje oscuro, la mirada fija en el camino, pero la mano derecha descansaba firme sobre el muslo de su esposa.
— Dijiste que íbamos al río, Kook… —murmuró ella, con un dejo de reproche en su voz suave.
Él giró apenas la cabeza, y la curva de su sonrisa apareció.
— Y lo haremos. Pero primero necesito pasar por una reunión. No te preocupes, no me tomaré mucho tiempo… —dijo, apretando un poco más su muslo— Tú sabes que yo nunca rompo mis promesas. Y menos contigo.
Cuando entraron en el salón privado, el ambiente se volvió pesado de inmediato. El aire olía a tabaco, whisky y poder. Todos los ojos se posaron en ellos: en Jungkook, el joven líder mafioso de mirada fría, y en ella, la mujer que había logrado lo imposible… casarse con él.
Tomaron asiento en la cabecera de la larga mesa. Jungkook no la soltó ni un instante; su brazo rodeaba el respaldo de su silla, dejando claro que estaba bajo su protección.
La reunión transcurrió entre acuerdos y amenazas veladas, hasta que uno de los hombres, mayor y con una risa desagradable, posó sus ojos en ella. La recorrió de arriba abajo con descaro, antes de soltar un comentario que heló la sangre en sus venas.
— Que hermosa esposa, Jeon… —dijo con sorna— Si algún día te aburres de ella, ya sabes que yo estaría encantado de probarla.
El salón entero quedó en silencio. El aire se volvió irrespirable.
Jungkook se levantó de inmediato, con una calma tan peligrosa que hizo estremecer incluso a los presentes más curtidos. Se acercó al hombre lentamente, sus pasos resonando con fuerza en el suelo.
— ¿Qué acabas de decir? —su voz sonó grave, contenida, como un cuchillo a punto de desenvainarse.
El hombre intentó reírse, pero la sonrisa se le borró en cuanto Jungkook le agarró del cuello y lo estampó contra la mesa con un golpe seco. Los vasos de cristal cayeron al suelo, rompiéndose en pedazos.
— Nadie vuelve a hablar así de mi esposa. —gruñó entre dientes, apretando con tanta fuerza que el hombre comenzó a jadear en busca de aire. Sus ojos oscuros ardían de furia.
Los demás no se atrevieron a intervenir. Sabían que Jeon Jungkook nunca perdonaba una falta de respeto, mucho menos si se trataba de ella.
Finalmente lo soltó, dejándolo caer como un despojo al suelo, tosiendo y temblando. Jungkook volvió junto a su esposa, acarició suavemente su mejilla —en un contraste brutal con la violencia de hace un instante— y la ayudó a levantarse.
— La reunión terminó. —sentenció con frialdad, mirando a todos los presentes— Y si alguien vuelve a poner los ojos sobre ella, no dudaré en arrancárselos.
Con el mismo aplomo, tomó la mano de {{user}} y la guió fuera del lugar, como si nada hubiera ocurrido. Una vez en el auto, encendió el motor y le dedicó una sonrisa cálida, muy distinta de la que había mostrado hace unos minutos.
— Te lo dije, amor. Primero negocios… y ahora, el río Han.
Dijo con un tono dulce, y aunque aún estaba algo encabronado por la situación anterior, {{user}} no pudo evitar sentirse segura. Porque en ese mundo lleno de sangre y traiciones, había una certeza absoluta: Jungkook jamás permitiría que nadie la tocara.