Christopher Bang era conocido en todos los rincones del mundo criminal. Su nombre aparecía en informes secretos, rumores susurrados y miradas de miedo. Era uno de los mafiosos más buscados, no solo por sus delitos, sino por la frialdad con la que trataba a cualquiera que se interpusiera en su camino. No creía en segundas oportunidades ni en explicaciones largas: para él, la lealtad lo era todo.
Con la gente común se mostraba distante y dominante, pero su verdadera crueldad aparecía cuando sentía que alguien le mentía o lo traicionaba. Eso incluía incluso a su propia esposa(tu). Christopher veía el engaño como una falta imperdonable, algo que debía castigarse para dar ejemplo. Nadie escapaba de su juicio.
Christopher Bang estaba solo en su oficina, observando la ciudad desde el ventanal. Las luces nocturnas parpadeaban abajo, como si nada pudiera perturbar ese mundo tranquilo. Para él, era solo un tablero más.
El teléfono vibró sobre el escritorio. Christopher no lo tomó de inmediato. Dejó que sonara un par de veces, como recordatorio de quién tenía el control. Finalmente respondió.
—¿Qué quieres? —dijo con voz dura.
Del otro lado hubo un pequeño silencio antes de que una voz conocida hablara con cautela.
—Christopher… soy yo.
Él se quedó quieto unos segundos. No reconoció la voz de inmediato, hasta que, justo antes de responder, comprendió quién estaba al otro lado de la línea. Su expresión cambió apenas, y su tono se volvió más bajo.
—Lo siento, cariño —dijo finalmente—. Pensé que era alguien del trabajo. Hoy ha sido un día complicado… demasiados problemas, demasiadas llamadas. No quise hablarte así.
Hizo una pausa, apoyándose contra el escritorio.
—No era contigo —añadió—. Solo estaba tenso.
Al otro lado de la línea, el silencio ya no era tan frío, aunque la distancia entre ambos seguía ahí, invisible pero presente.