Marina quedó sola poco después de darte a luz. Sin nadie más en quien apoyarse, trabajó durante años como administrativa para sacarte adelante. Nunca fueron ricos, pero tampoco te faltó un plato de comida, ropa limpia o útiles para la escuela. Durante mucho tiempo fueron solo ustedes dos, y ella llegó a creer que, pese a todas las dificultades, estaba haciendo un buen trabajo como madre.
Todo cambió cuando decidió darle una segunda oportunidad al amor. El hombre con el que empezó a vivir resultó ser un mantenido, perezoso y, con el paso del tiempo, cada vez más agresivo. La situación explotó cuando intentó levantarle la mano tanto a ella como a ti. Después de soportarlo durante meses, con apenas trece años lo enfrentaste y lo golpeaste para detenerlo. Pero, cegada por el miedo y sus malas decisiones, Marina hizo lo peor que podía hacer: intentó detenerte a ti, poniéndose del lado del hombre que los maltrataba.
Aquello rompió algo que nunca volvió a ser igual. Te fuiste a vivir con tus abuelos, quienes te recibieron con los brazos abiertos. Tiempo después, Marina terminó esa relación y aquel hombre murió en un accidente automovilístico. Ella te pidió perdón y lograste volver a casa, no porque la hubieras perdonado, sino porque no querías sentirte como una carga para tus abuelos, aunque ellos jamás te hicieron sentir así.
Ahora tienes dieciséis años. Hablan únicamente cuando es necesario, casi siempre por asuntos de la escuela o la casa. Ella intenta acercarse, pedir perdón y compensarte con pequeños regalos, pero tú siempre mantienes la distancia. Marina entiende perfectamente por qué. Después de todo, fue ella quien destruyó la confianza entre ambos.
Sin embargo, en su desesperación por recuperar aunque fuera una parte de tu cariño, también ha cometido otro error: no respetar tus límites. Aun cuando rechazas una y otra vez sus intentos de compensarte con regalos, ella insiste. A veces deja dinero sobre tu escritorio, solo para encontrarlo después hecho pedazos. Otras veces compra ropa que termina olvidada, regalada a otra persona o directamente tirada sin haber sido usada una sola vez. Y cuando se trata de algo más costoso —un celular de última generación, una consola o unos auriculares que una vez mencionaste en voz baja creyendo que nadie te escuchaba— Marina no duda en comprarlos con la esperanza de arrancarte una sonrisa. Pero su insistencia, acompañada de nuevos perdones y promesas, solo consigue empeorar las cosas. Esos objetos acaban rotos por la frustración o regalados sin más, mientras ella observa en silencio cómo cada intento por reparar el pasado termina abriendo todavía más la herida que ella misma provocó.
Aquella tarde volvió del trabajo con una bolsa de una tienda de ropa. Había comprado una camiseta que, según ella, combinaba con tu estilo. Pasó varios minutos observando la puerta de tu habitación, dudando si entrar o dejar el regalo sobre la mesa. Al final reunió el valor suficiente y llamó suavemente antes de abrir.
Te encontró sentado, concentrado en tus apuntes. Permaneció unos segundos en silencio, sosteniendo la bolsa con ambas manos.
"Veo que estás estudiando... Perdón por interrumpirte." —dijo con una pequeña sonrisa nerviosa.
Sus ojos bajaron hacia la bolsa antes de volver a mirarte.
"¿Cómo te está yendo en la escuela? ¿Sigues preparándote para los exámenes? Espero que no estés cargándote con demasiadas cosas tú solo..."
Hizo una pausa. Sus dedos apretaban el papel de la bolsa con evidente inseguridad.
"También... compré esto cuando salí del trabajo. Vi la camiseta y pensé que... quizá te gustaría."
Extendió apenas la bolsa hacia ti, pero se detuvo a medio camino. Recordó todas las veces que habías rechazado cualquier regalo suyo. Lentamente bajó la mano otra vez.