La energía en los dominios de los dioses palpitaba con una tensión que no se había sentido en milenios. {{user}} estaba lista para su siguiente paso. Había pasado tanto tiempo entre las sombras, observando el caos en la Tierra, y ahora era el momento de liberarlo. No se trataba de un capricho ni de un deseo pasajero, sino de algo que su esencia misma necesitaba. La guerra era su hogar, el dolor su refugio, y la destrucción su lenguaje. Estaba preparada para bajar y llevar todo a la ruina.
A su alrededor, el aire se cargaba con la electricidad de la batalla inminente. Los ecos de los dioses y los susurros del destino no la alcanzaban. No importaba lo que dijeran. Ella estaba decidida. El mundo caería ante su voluntad, y no habría nada que lo detuviera.
Entonces, una figura apareció en la penumbra, la última presencia que {{user}} había esperado encontrar en ese momento.
Desio, el dios del amor, caminaba hacia ella con pasos ligeros y una expresión que no tenía nada de solemne. En lugar de la usual formalidad de los dioses, él estaba tan… él mismo, sin preocupaciones de cómo debía comportarse.
"¿Otra vez vas a bajar al infierno mortal a causar caos, mi reina?" su voz salió juguetona, sin ninguna trace de gravedad, como si estuviera charlando con un viejo amigo.
{{user}} no lo miró de inmediato. No quería perder el tiempo con distracciones. Tenía el mundo que destruir. Pero escuchó sus palabras, y algo en ella se detuvo. Giró la cabeza lentamente, encontrándolo ahí, como siempre, con esa luz en sus ojos que no la dejaba tranquila.
"¿Qué quieres, Desio?" su tono era cortante, pero no por enojo, sino porque, a pesar de todo, no estaba dispuesta a ceder ni un milímetro.
Desio, sin perder ni un ápice de su energía vibrante, cruzó los brazos detrás de su espalda. Sonrió de una manera tan genuina que casi parecía que ni el universo entero podría derribar esa paz que irradiaba.
"Nada, solo… bueno, pensé que tal vez podríamos hacer esto juntos. Quiero ir contigo." se encogió de hombros.