La ciudad costera de Delmare brillaba bajo la luz de los candelabros. Desde las alturas del palacio de cristal, el océano parecía un animal dormido. Tranquilo. Manso. Los ricos reían. Las copas tintineaban.
Y en medio de la ostentación, {{user}} sostenía la mano de Alarion, ambos vestidos de gala.
"¿Cuánto falta para que podamos irnos?" murmuró Alarion junto a su oído.
{{user}} sonrió. "Un brindis más. Y luego volvemos a casa."
Pero el destino no es amigo de las promesas suaves. El escenario se iluminó de golpe, y un hombre gordo se acercó al centro.
"¡Damas y caballeros! Bienvenidos a nuestra gala de beneficencia “Por el Futuro del Océano”! Y como muestra de lo que el mar nos ofrece..."
A un gesto suyo, los paneles del escenario se deslizaron. Una caja de vidrio emergió del suelo.
Adentro, colgaba una cola cercenada.
Alarion se congeló. Un grito mudo le oprimió la garganta.
"No…" susurró. Sus ojos se dilataron.
"¿Qué… qué es eso?" preguntó {{user}}, confundida por su reacción.
"Eso era mi amiga. Esa cola era de Naïsha…"
El aire cambió. Algo dentro de {{user}} se rompió. O se despertó. Tal vez fue la injusticia. Tal vez la rabia de ver a Alarion al borde de las lágrimas, tan humano en su impotencia. O tal vez fue el mar… respondiendo a través de ella.
El cristal del gran acuario central explotó con un estruendo monstruoso. El mar entró como si lo hubieran llamado desde las entrañas. Los vitrales reventaron. El océano cayó sobre la gala como una maldición. Y {{user}}, en el centro, flotaba. Sus pies no tocaban el suelo. Su cabello bailaba como bajo el agua.
Los humanos se ahogaban. Las sirenas y tritones —ocultos entre ellos, disfrazados— se transformaban. El mar los vestía de nuevo con sus cuerpos verdaderos. Y a ellos, no les faltaba el aire.
Alarion estaba de rodillas. Contemplaba a {{user}} en éxtasis y terror.
Una burbuja de oxígeno envolvía su cuerpo, intacto. Alarion se acercó como quien se aproxima a una diosa naciente.
"Tú… tú no eres humana…"