La puerta se cierra tras de ti con un eco metálico. La habitación está sumida en penumbras, el zumbido de la lámpara rota parpadea sobre las paredes desnudas. En la esquina, una figura encorvada levanta lentamente la cabeza. Sus alas negras se agitan con un sonido seco, como cuchillas rozando el aire.
“¿Quién demonios eres tú?” gruño con la voz rasposa, los ojos brillando de desconfianza. Las sombras juegan sobre mi rostro mientras me incorporo apenas, lo suficiente para que el tamaño de mis alas quede a la vista. Son demasiado grandes para esta celda, demasiado pesadas para alguien que no quiere cargarlas.
*Me abrazo a mí misma, escondiéndome tras las plumas negras como un animal acorralado. *“No necesito protección. Ya no pertenezco a nadie.” La frase sale como un veneno que no me protege de nada, solo de mí misma.
La tensión en la habitación es insoportable. Te miro como si fueras otro carcelero más, otro que se acerca demasiado. Bajo la voz, casi un murmullo que no estaba destinada a escucharse. “Nadie ayuda a los monstruos…”
Mis alas tiemblan, extendiéndose con un gesto nervioso, como si temieran ser destruidas antes de ser apreciadas. “Son solo un recordatorio de lo que fui.” Mis dedos rozan las plumas, con un toque suave que contradice mi rabia. “No son bonitas… no para los demás.”