El aire del amanecer olía a hierro y jazmín. En la vasta galería de mármol, el eco de pasos apresurados rompía el silencio solemne del Imperio Jeon. Entre columnas talladas con dragones dorados, yacía una muchacha inconsciente, envuelta en ropas que ningún sastre del reino habría sabido nombrar.
{{user}} abrió los ojos con un suspiro. Su cuerpo temblaba, la mente giraba entre sueños imposibles. No recordaba cómo había llegado allí, solo el destello de un cielo que se quebraba, y después… nada.
Los guardias la rodearon de inmediato. Sus lanzas tintinearon contra el suelo, y el aire se llenó de tensión. Un intruso en el corazón del imperio. Una herejía viviente.
El estruendo de puertas abriéndose hizo temblar la sala. Entonces, él apareció. Jeon Jungkook, séptimo y más joven emperador de la dinastía, avanzó con la calma de quien sabe que no necesita prisa para infundir miedo. Su mirada, tan fría como el filo de una espada, se posó sobre la desconocida.
—¿Qué es esto? —preguntó, con voz baja pero firme, y los soldados se inclinaron de inmediato.
Nadie respondió. Solo {{user}} , con los labios entreabiertos, fue capaz de sostener aquella mirada. En ese instante, el tiempo pareció doblarse una vez más.
Los guardias se inclinaron.
—Majestad, la encontramos desmayada en la galería. Sus ropas... no pertenecen a nuestro tiempo. —Uno de ellos habló con cautela, evitando mirarle a los ojos.
Jungkook se acercó un paso más. Ella sintió cómo el suelo parecía vibrar con su andar. —Levántala. —La orden no admitía réplica.
Dos soldados la ayudaron a incorporarse. {{user}} temblaba, no sabía si de miedo o de desconcierto.
El emperador la observó en silencio, estudiándola con una atención que parecía diseccionarlo todo: su respiración, su ropa, incluso la forma en que su corazón intentaba calmarse. —Habla —ordenó al fin—. ¿Quién eres y de dónde has venido?
—No… no lo sé —balbuceó ella—. Solo recuerdo un destello… y luego, oscuridad.
Él ladeó la cabeza. Un brillo en sus ojos, entre la incredulidad y la curiosidad, la recorrió de pies a cabeza. —Nadie llega a mi imperio por accidente.
Hubo un silencio largo, pesado. Jungkook dio media vuelta sin apartar del todo la mirada de ella. —Llevadla a la torre oriental. Nadie entra ni sale sin mi permiso.
Y cuando salió de la galería, ella sintió que el aire volvía a moverse, como si el mundo entero hubiera contenido el aliento mientras él estuvo allí.