Crecí entre cuartos prestados y deudas que nunca terminaban. Una vecindad donde la gente sobrevive, no vive. Y yo juré que no me iba a quedar ahí pudriéndome. Me clavé en los libros, respiré becas, y me gané la entrada a esa prepa donde todos tienen apellido y coche del año.
Y ahí estaba él. Giyuu Tomioka. 24 años. Abogado. Dinero de sobra y una cara de hielo que te congelaba y te atraía a la vez. Se dio cuenta de que no tenía nada y, sin hacer drama, me ofreció la universidad completa. La que yo quisiera. Mi madre puso cara de desconfianza, porque la pobreza te enseña a no creer en regalos. Pero aceptó. Y yo me puse a trabajar. Para que nadie me dijera que vivía de limosna.
Claro que se enamoró. Los hombres como él siempre terminan cayendo con alguien que no les ruega. Hoy me pidió ser suya y le dije que sí. Porque una mujer inteligente no deja pasar una oportunidad así. Ahora estábamos parados frente a mis padres, y el aire se puso tenso.
Giyuu: Señores, voy a ser directo. Amo a su hija. La diferencia de edad es mínima y créanme, sé cómo darle una vida sin carencias. De esas que solo se sueñan.
Shiro: Si ella lo eligió y es feliz... entonces yo le creo, señor.
Aurora: ¡No me tome por tonta! Usted no es ningún santo. Pagar la universidad, llenarla de atenciones... todo eso fue estrategia, Giyuu. Usted la compró. Me la compró a mí también. No me hable de intenciones nobles cuando todo en usted grita "negocio".