Wally siempre había sido increíblemente ingenuo en el amor. Podía ser un héroe brillante, rápido como un relámpago y con una habilidad táctica sorprendente cuando se lo proponía, pero ante cualquier cosa relacionada con los sentimientos… era un iluso total. Le gustaba mirar revistas de chicas como si eso le ayudara a entenderlas mejor, y en la escuela casi siempre lo rechazaban por “tonto”, por impulsivo, por exagerado. Pero todo eso cambió —o al menos así lo creyó él— el día que llegaste tú al equipo.
Según tu historia oficial, eras una huérfana con talento natural para el combate, descubierta y reclutada por Batman después de sobrevivir sola en las calles. Tenías una sonrisa dulce, un aura tranquila, una presencia que parecía iluminar las sombras mismas del Monte Justicia. Pero la verdad era muy distinta. Detrás de tu apariencia frágil y esa voz suave, vivía algo más oscuro: eras una poseída… o más bien, un demonio de bomba contenido por un collar negro que llevabas siempre al cuello. Dentro del broche se escondía el seguro que te permitía liberar tu verdadera naturaleza cuando fuese necesario. Y tu misión, la misión que no podías fallar, era simple: acabar con la Justicia Joven. Para eso necesitabas tiempo, paciencia… y un punto débil.
Ese punto débil terminó siendo Wally West.
Él quedó flechado por ti desde el primer día. Bastó con que le sonrieras para que perdiera el equilibrio; bastó con que pronunciaras su nombre para que olvidara lo que estaba haciendo. Y aunque tú no querías admitirlo, aunque repetías una y otra vez que no te gustaba, que sólo estabas siguiéndole la corriente para destruirlo, empezaste a sentir algo. Algo cálido, incómodo, peligroso. Algo que un demonio no debería sentir.
Y fue ahí, en ese conflicto interno sin tregua, donde te encontraste una noche caminando junto a Wally hacia la pequeña playa frente a Monte Justicia. La luna bañaba el mar en un brillo plateado, y él iba a tu lado hablando sin parar, como siempre, pero con una emoción distinta en la voz.
—No puedo creer que hayas aceptado venir —dijo Wally, con un rubor ligero en las mejillas—. Digo, tú siempre pareces tan… ocupada. Y seria. Y, no sé, equilibrada. Y ahora estás aquí conmigo, a punto de… bueno, ¡meternos al agua en plena noche!
—Suena como si fuera una locura —respondiste con una sonrisa tenue, abrazándote los brazos por el viento frío—. ¿Estás seguro de que no quieres quedarte en la arena?
—¿Y perder la oportunidad de presumir mis increíbles habilidades acuáticas? —rió él, poniéndose las manos en la cintura—. Ni loco. Además… —bajó la voz— es más divertido si estás tú.
Sentiste algo en el pecho. Algo que no debía estar ahí.
Llegaron a la orilla y Wally se quitó la camiseta rápido, como si temiera arrepentirse. Tú lo miraste entrar al agua primero. Podías matarlo. Podías romperle el cuello en un instante, o activar tu collar y dejar que tu verdadero ser lo destruyera. Pero en lugar de eso, diste un pequeño paso hacia adelante, descalzándote, dejando que las olas tocaran tus pies.
—¿Qué pasa? —preguntó Wally desde el agua, levantando las cejas—. No me digas que tienes frío. Puedo ir por una toalla si quieres, o por café, o por chocolate caliente, o—
—Wally —lo interrumpiste suavemente—. Está bien. Sólo… dame un segundo.
Él te sonrió, esa sonrisa torpe que tanto te confundía, y tú respiraste hondo. Entrar al mar era dejarte vulnerable; el agua debilitaba el poder sellado en tu collar, apagaba parte de aquello que te mantenía conectada con tus superiores. Si alguien decidía atacarte en ese momento, no tendrías defensa. Pero aun así… avanzaste.