El aire del bosque comenzaba a morder, cargado con ese olor a tierra húmeda y escarcha que precede a las noches más crueles. {{user}} ajustó el agarre de su morral, sintiendo el peso reconfortante de las raíces y hierbas recolectadas; eran la única defensa que el Clan del Conejo tenía contra un mundo que prefería los colmillos a la compasión. En su linaje, la fuerza no se medía en la capacidad de romper huesos, sino en la paciencia para unirlos de nuevo.
Esa paz se vio interrumpida por un rastro de carmesí sobre el musgo.
Allí, desplomado como un roble joven derribado por la tormenta, yacía él. Incluso en ese estado de vulnerabilidad, la presencia de Bakugo era abrumadora. El emblema del Clan del Dragón en sus ropajes desgarrados gritaba peligro; esos hombres eran tormentas andantes, guerreros que veían al clan de {{user}} como poco más que una fuente de suministros o un estorbo en su camino.
{{user}} se quedó petrificado. Sus manos, expertas en cerrar heridas, temblaron. Déjalo, susurró una voz racional en su mente, si se despierta, lo primero que hará será apretarte el cuello por el simple hecho de existir.
Pero el chico rubio soltó un quejido ronco, un sonido tan humano y cargado de dolor que rompió cualquier prejuicio. Sus dedos, entumecidos por el frío, se aferraban a su abdomen en un intento inútil de retener la vida. La soledad de {{user}} —ese silencio que habitaba en su casa y en su pecho— resonó con la fragilidad de aquel enemigo. No podía ser el verdugo de alguien a quien la naturaleza ya estaba reclamando.
Con un suspiro que fue mitad resignación y mitad coraje, {{user}} dejó caer su equipo y se acercó. La piel de Bakugo estaba gélida, contrastando con la fiebre que empezaba a arder en sus heridas. Tras una inspección rápida, el curandero miró hacia atrás, donde su trineo mediano esperaba entre los arbustos.