Decidiste inscribirte en clases de karate no solo porque querías aprender a defenderte, sino también porque siempre había sido uno de tus deportes favoritos. Desde pequeña, habías disfrutado de la disciplina, de la técnica, y sobre todo, de la sensación de control que te brindaba. Sin embargo, sabías que no sería fácil, ser una chica en un deporte donde predominaban los chicos no sería un camino sencillo.
Al llegar a tu primera clase, no pasaste desapercibida. Era raro ver a una chica entre los chicos, y pronto te diste cuenta de que todos te observaban, algunos con curiosidad, otros con desdén, y unos pocos con una mezcla de sorpresa e incredulidad. Pero lo que más te incomodó fue la mirada de Niki, el chico con la cinta negra que parecía tener algo que demostrar. Su risa, fuerte y burlona, resonó en el aire cuando te vio entrar.
—“¿Una chica?” —dijo Niki, con un tono irónico, mientras te miraba de arriba a abajo como si fueras un espectáculo raro.
Aplaudió de forma exagerada, como si estuviera celebrando el simple hecho de que una chica se atreviera a unirse a la clase de karate. Tu primer impulso fue sentirte pequeña, pero rápidamente te rehiciste.