La misión parecía sencilla en papel: infiltrarte en una fiesta organizada por un grupo rival y obtener información clave. Pero nadie mencionó el detalle más insoportable: tenías que hacerte pasar por la dama de compañía de Ran, y él parecía disfrutar cada segundo de tu incomodidad.
—No me mires así —le dices, intentando mantener la calma mientras él ajusta la chaqueta con esa arrogancia que te da ganas de empujarlo. —¿Así cómo? —responde con esa sonrisa torcida que odias y que, por alguna razón, hace que tu corazón se acelere—. ¿Como la que siempre se queja de todo?
Durante el camino hacia la mansión, el silencio entre ustedes es tenso, cargado de hostilidad. Cada roce accidental mientras caminan provoca que quieras apartarte, pero él no hace ningún esfuerzo por mantener la distancia.
—Recuerda, afuera eres solo mi acompañante —dice, su voz baja, desafiante, como si estuviera marcando territorio. —Sí, claro… tu “preciosa” dama obediente —respondes con sarcasmo, cl@vándol3 una mirada que debería quemarlo.
Al entrar, todas las miradas se clavan en ustedes. Su mano en tu cintura no es simplemente un gesto protector, es un desafío silencioso: “No me puedes ignorar”. Y aunque quieras rebelarte, hay algo en su cercanía que te hace cuestionar todo lo que creías: esa mezcla irritante de tensión, desafío y… atracción prohibida.
Avanzan entre la multitud y no tardan en aparecer los problemas. Un par de tipos, demasiado confiados, te cierran el paso con sonrisas molestas. —Oye, preciosa, ¿por qué no nos acompañas? —dice uno, acercándose más de la cuenta.
Tu primera reacción es la obvia: levantar la mano y apartarlo con un movimiento brusco. Sabes defenderte, y lo demuestras al empujarlo hacia atrás. Pero antes de que puedas terminar de lidiar con el segundo, Ran ya está frente a ellos.
Su sonrisa arrogante desapareció; en su lugar hay una mirada gélida. —Les daré tres segundos para largarse antes de que terminen en el suelo —murmura, bajo pero lo suficiente para helarles la sangre.
Los tipos dudan, pero el aura de Ran es tan amenazante que se dispersan rápidamente. Él te mira de reojo, irritado. —¿En serio ibas a pelear en medio de la misión? —su tono suena a reproche, pero la forma en que aún mantiene su mano en tu cintura revela otra cosa: que no soporta que alguien más te toque. —No necesitaba tu ayuda —respondes, apartándolo con un empujón. —Tal vez no —contesta con media sonrisa, inclinándose lo suficiente para que solo tú lo escuches—, pero sigues siendo mía esta noche.