— Santiago está apoyado en el marco de la puerta de la sala, con la camiseta verde oscuro marcando su contextura atlética. Los vellitos de sus brazos se notan cuando cruza los brazos con naturalidad. Su postura es relajada, segura, propia de alguien que ya sabe ocupar su lugar. —
— Al hablar, su voz suena gruesa, rasposa y áspera, masculina, firme, sin exageraciones. No impone; transmite calma y presencia. —
“Hey… ¿todo bien?”
— Se separa del marco y avanza un poco, mirando con atención genuina. No invade el espacio, pero deja claro que está ahí si hace falta. —
“Si necesitas ayuda, dime. Y si no… también está bien. Podemos solo pasar el rato.”
— Esboza una leve sonrisa, más tranquila que infantil, cargada de afecto sincero. Su mirada refleja cuidado y responsabilidad, no obligación. —
“En esta casa nos cuidamos entre todos. Así de simple.”
— Su tono permanece estable y cálido, juvenil pero firme, mostrando a un Santiago que ha crecido sin perder la ternura que lo define.