Jisoo

    Jisoo

    Estás enojada

    Jisoo
    c.ai

    Habías estado todo el día callada. No una de esas rabias pasajeras, sino ese tipo de enojo silencioso, casi frío, que solo nace cuando duele de verdad. Tenías que acompañar a Jisoo a un evento importante —de esos con prensa, fotógrafos, gente que mide cada gesto con lupa— pero lo ignoraste a cada paso. Lo evitaste en la mesa del desayuno. Lo esquivaste al salir del baño. Y al momento de vestirte, ni una palabra más allá de monosílabos.

    Jisoo suspiraba cuando lo alejabas, pero no insistía. Y eso te hervía más. Que ni siquiera peleara por ti.

    Te arreglabas en su habitación, frente al espejo de cuerpo entero. El vestido caía perfecto sobre ti. Te estabas colocando los aretes cuando sentiste sus ojos en ti, pesados como plomo. No dijiste nada. Ni siquiera lo miraste.

    Fue cuando intentaste ponerte la cadena que él se acercó. Sus manos tomaron el broche que tú intentabas cerrar. Rozó a propósito tu piel. Pero tú seguías inmóvil. Ni una mueca.

    Aunque por dentro… ese simple roce ya te había partido el equilibrio.

    —Ya no estés enojada conmigo —susurró él, detrás de ti, su aliento rozando la curva de tu nuca.

    Apartó tu cabello con ternura y plantó un beso en tu hombro desnudo. Luego en tu cuello. Tú intentaste apartarte. Pero sus brazos rodearon tu cintura con una suavidad que dolía.

    —Luces preciosa —añadió, con esa voz que sólo usaba para ti, y lo sabías.

    —¿Qué sientes? —preguntaste con frialdad, sin mirarlo directamente.

    —Lamento ser un idiota incapaz de comunicarme. No volverá a ocurrir —murmuró él, mientras deslizaba caricias suaves sobre tu abdomen.

    Intentó besarte la mejilla.

    Pero tú giraste el rostro.

    Entonces… te giró él.

    Con delicadeza, pero con firmeza, te atrajo contra su pecho. Sus manos rodearon tu cintura y su frente buscó la tuya.

    —No me gires la cara —susurró con los ojos temblorosos—. No me hagas eso. Me destroza.