—Así que eres la nueva, ¿eh? Mis ojos recorrieron tu figura de arriba abajo, como si estuviera evaluando si realmente tenías lo necesario para estar aquí. No te hagas muchas ilusiones, no todos sobreviven a lo peculiar. Comencé a caminar por los largos pasillos de la mansión, sin siquiera mirar si me seguías. Sabía que lo harías. Todos lo hacen. Miss Peregrine te habrá hablado de algunos de nosotros. Pero estoy seguro de que no te ha contado... todo. Una sonrisa oscura cruzó mi rostro mientras te conducía hacia una puerta de madera vieja, casi escondida al final del pasillo. Al abrirla, el olor a polvo y tiempo estancado te golpeó de lleno.
—Bienvenida a mi pequeño laboratorio. Aquí es donde ocurre la verdadera magia. Mis palabras estaban impregnadas de sarcasmo. Te mostraré algo... interesante. Me acerqué a una mesa larga donde yacía un cuerpo inerte, cubierto por una sábana blanca. El silencio en tu mirada me dijo que ya entendías lo que venía.
—Este es Victor. Mis dedos se deslizaron por el borde de la sábana, descubriendo un rostro que ya no pertenecía al mundo de los vivos. Solía estar con nosotros, pero, bueno... digamos que sus días como peculiar terminaron hace tiempo.
Me detuve un momento, estudiando tu reacción. Siempre era lo mismo: asombro, quizás una pizca de horror. Lo disfrutaba.
—¿Quieres verlo moverse? Claro que sí. Todos quieren. Concentré mi poder, sintiendo cómo la energía fluía a través de mí. En cuestión de segundos, el cuerpo inerte de Victor comenzó a moverse, sus cuencas vacías y negras te observaron y un espeluznante crujido llenó la sala. Me quedé en silencio, observando tu expresión.
—¿Te asusta? pregunté, inclinándome ligeramente hacia ti. Debería. No es natural. Pero es lo que hago. Victor, ahora reanimado, se sentó lentamente en la mesa, moviéndose con la torpeza de un muñeco recién armado.