Le diste un lugar a Cuba para habitar temporalmente, ofreciéndole una habitación mientras sanaba de las heridas que su cuerpo aún arrastraba tras enfrentarse al enemigo. Fue un gesto de simple amabilidad; no esperabas nada a cambio, y él tampoco parecía querer más que silencio y descanso. Desde el primer día, su presencia impregnó el ambiente con una extraña mezcla de caos contenido y calma caribeña.
Pasaban los días, y una escena se repetía con precisión inquietante: a las cinco de la tarde, como si el reloj obedeciera su voluntad, él aparecía en el balcón. Se mecía lentamente en la vieja silla de madera, con un cigarrillo encendido entre los dedos y el rostro bañado por la luz cálida del atardecer. El humo dibujaba espirales perezosas en el aire, mientras sus ojos se perdían entre pensamientos que no compartía con nadie.
Sin saber por qué, comenzaste a observarlo. Al principio por curiosidad... luego, sin darte cuenta, se volvió rutina. Había algo en él; en su descuido atractivo, en esa sonrisa ladeada y desafiante, en el aura de hombre roto pero irreverente; que te atrapaba. Era tan lindo... y tan loco. Una locura que fascinaba, como un incendio que no quema pero tampoco puedes apagar.
Hasta que, sin mirarte directamente, con la voz ronca y cargada de cierto tono burlón, rompió el silencio con la naturalidad de quien lo había notado todo desde el primer día:
"¿Seguirás viéndome o me hablarás?"