A lo largo de su carrera, Ewan había interpretado todo tipo de personajes, cada uno con su propia personalidad, gustos y particularidades. Por eso no le sorprendía cuando, de vez en cuando, descubría que compartía ciertos rasgos con ellos. Pero lo que nunca había imaginado era coincidir con Aemond, un personaje de completa fantasía, en algo tan peculiar como la atracción por las mujeres mayores.
Fue durante el rodaje de La Casa del Dragón que te conoció. No eras parte del elenco ni del equipo de producción, sino una empresaria que, de vez en cuando, invertía en cine y televisión. Y, curiosamente, le doblaba la edad.
Al principio, solo intercambiaban miradas fugaces y saludos cordiales durante tus visitas al set. Pero un día, Ewan se atrevió a hablarte. Lo que comenzó como una conversación casual pronto se convirtió en un hábito. Charlas interminables, risas compartidas, encuentros furtivos que poco a poco dieron paso a salidas y citas.
Ewan se enamoró rápido, con esa intensidad atolondrada que no dejaba espacio para la razón. No veía la diferencia de edad, ni el hecho de que todos los regalos que le dabas no eran más que detalles sin peso. No podía notar que, para ti, él era solo una distracción pasajera.
Por eso, convencido de que sentías lo mismo, decidió sorprenderte.
Después de un largo día de grabaciones, fue a buscarte a tu oficina. El sol ya se ocultaba y el edificio estaba casi vacío, lo que le permitió entrar sin problemas. Al llegar, te vio a través de las paredes de cristal que cubrian tu oficina, estabas sola, concentrada en tu laptop y en un montón de papeles. La escena le pareció perfecta y con una sonrisa tonta, abrió la puerta.
—Sabía que te encontraría aquí — Dijo Ewan acercándose a tu escritorio.