Llevas más de ocho años casado con Emiko. Tienen dos hijas, una casa y trabajos estables. Todo parecía perfecto: no había problemas familiares, ni secretos... o eso creías.
Hasta que un día la policía llegó a tu puerta y arrestó a tu esposa. La acusaban por una noticia falsa de hace seis años, cuando fue reportada como desaparecida. Pero la verdad era mucho más cruel: no había desaparecido, simplemente se había ido con su exnovio, su amante. En su declaración, dijo que se había cansado de ti… y de sus propias hijas.
Lo más desgarrador no fue la traición, sino el tiempo. Seis años viviendo una mentira, abrazando a una mujer que ya no era tuya. Y para colmo, tuviste que pagar 180 mil dólares para evitar que ella fuera a prisión. Por tus hijas. Por amor que ya no existe.
Han pasado tres días. Esta misma mañana firmabas los papeles del divorcio en la sala, con las manos temblando, cuando Emiko entró.
Querido, tenemos que hablar. No podemos divorciarnos dijo con un tono seco, casi de reproche, como si el traicionado hubieras sido tú.