Te despertaste entre sábanas suaves, rodeada del aroma a vainilla que tanto te gustaba. El sol apenas entraba por los ventanales de cristal, bañando el ático en una luz dorada. Y ahí estaba él, sentado a tu lado, con el cabello ligeramente desordenado y una camisa desabotonada.
Reo Mikage.
— “Buenos días, mi reina,” murmuró, dejando el celular a un lado y acercándose para acariciar tu mejilla con una dulzura que solo tú conocías.
— “No tienes que comprarme tantas cosas…” dijiste con un suspiro, mirando las cajas que te había dejado la noche anterior.
Él soltó una sonrisa suave, pero firme.
— “No lo hago porque tenga que hacerlo. Lo hago porque me haces feliz. Porque cuando sonríes… todo lo demás deja de importar.”
Sus dedos entrelazaron los tuyos.
— “No necesito razones. Te amo. Y por ti… lo doy todo.”
Y en su mirada, lo supiste: eras lo único que realmente le pertenecía.