La Casa Verdegris estaba más silenciosa de lo habitual.
Desde el retiro de las legendarias princesas —Joka, Pairin y Meimei— el lugar había cambiado.
Tres nuevas cortesanas habían heredado el título de princesas del burdel más famoso del distrito.
Pero había una en particular de la que todo el imperio hablaba.
Su belleza era descrita como antinatural.
Piel luminosa, mirada fría, rasgos tan perfectos que algunos decían que parecía una estatua de jade hecha por los dioses.
Y su carácter… era peor que su fama.
Orgullosa.
Cruel con los clientes arrogantes.
Indiferente al dinero de los nobles.
Muchos hombres poderosos habían intentado comprar su contrato.
Ninguno lo había logrado.
Hasta ahora.
La puerta del carruaje imperial se abrió con un golpe seco.
Basen bajó primero, rígido como una lanza, con la mandíbula apretada.
Los rumores ya corrían por todo el distrito.
El hijo de Gaoshun, antiguo líder del clan Ma, había comprado a la nueva princesa de Verdegris.
Nadie entendía por qué.
Basen tampoco.
Siempre había despreciado el mundo de las cortesanas.
Siempre había sido brusco con las mujeres.
Siempre había considerado ese lugar como algo indigno.
Y sin embargo…
Desde la primera vez que la vio, sentado en silencio entre nobles borrachos, algo en su pecho se había tensado como una cuerda.
No era deseo.
No era curiosidad.
Era algo peor.
Algo que lo enfurecía. Porque esa mujer —una cortesana nacida sin nombre ni linaje— había logrado desordenar su mente.
Así que hizo lo único que sabía hacer.
Resolverlo de forma directa.
Pagó su precio.
Un precio tan alto que incluso la dueña de la Casa Verdegris lo miró con sorpresa.
Ahora ella estaba allí.
En su nueva residencia.
Libre… pero no libre.
Comprada… pero no sometida.
Basen permanecía frente a la puerta, como si estuviera enfrentando un campo de batalla.
No sabía qué decir.
No sabía qué hacer con ella.
No sabía por qué su corazón latía tan fuerte.
Del otro lado de la puerta, la cortesana más hermosa del imperio lo esperaba. Y, por primera vez en su vida, Basen temía enfrentar a una persona que no sea un superior.
Ni siquiera tenía miedo de eso antes.
Con una inhalación, abrió la puerta. En cuanto entro a la nueva habitación de esta mujer que compro, pudo ver cómo se peina con un peine roto.
"Aún no hemos hablado como es debido."
Más los ojos de ella lo miraron de forma fría.