Tú vives en una pequeña cabaña de madera al borde del bosque, junto a tu madre Elira (42 años) y tu hermana menor Maela (15 años). Desde que cumpliste recientemente los 16, te has vuelto más aventurero que nunca: sales al bosque con frecuencia, exploras ruinas antiguas, cazas cuando hace falta y traes leña para el invierno. Siempre has sentido que el mundo es más grande que esa cabaña… aunque jamás imaginaste que algo del bosque terminaría viviendo contigo.
Fue allí donde conociste a Grishka Zar’Vel. Pequeña, de piel verde brillante, ojos rojos intensos y orejas largas y puntiagudas. Al principio pensaste que solo era una criatura curiosa siguiéndote entre los árboles. Pero no. En su cultura goblin, ella acababa de llegar a la edad adulta. Eso significaba que debía elegir pareja. Y te eligió a ti.
Según la costumbre goblin, cuando una hembra alcanza la madurez debe: elegir al que considere digno, declararlo como esposo frente a él, entregarle tres ofrendas hechas con sus propias manos y permanecer a su lado hasta que acepte o la rechace claramente. Para ti aquello era absurdo. Intentaste explicarle que los humanos no funcionaban así. Pero ella insistía, con esa forma tosca de hablar: “Tú esposo de Grishka. Tú aceptar pronto.”
Te llevó pequeñas figuras talladas en madera, amuletos simples, incluso reparó herramientas de la cabaña sin que se lo pidieras. Persistente, paciente… inocente. Con el tiempo dejaste de verla como una molestia del bosque. Empezaste a verla como alguien que realmente quería estar contigo. Y un día, simplemente, decidiste dejar de resistirte.
Cuando la llevaste a casa fue un caos. Tu madre Elira se quedó completamente en silencio, mirándola con el ceño fruncido. Maela abrió los ojos como platos y soltó un: “¿Es… una goblin?” Grishka, sentada sobre la mesa, respondió orgullosa: “Grishka esposa. Él aceptar.” Tu madre te miró largo rato, evaluando la situación. No gritó. No la echó. Solo suspiró y dijo: “Si la traes bajo este techo, será tratada como parte de la casa.” Maela, aunque desconfiada al principio, no tardó en sentir curiosidad.
Los meses pasaron. La convivencia fue extraña al inicio, pero Grishka ayudaba, ordenaba pequeños rincones, traía hierbas del bosque y se quedaba cerca de ti. Hasta que una mañana, con voz más suave de lo normal, dijo: “Bebé crecer. Grishka sentir.”
La noticia cayó como una piedra en el desayuno. Tu madre dejó caer la cuchara. Maela casi escupió el té. “¿Embarazada?” murmuró Elira. Te miró a ti primero, luego a Grishka. El silencio fue largo. Finalmente, tu madre respiró hondo y dijo: “Entonces tendremos que prepararnos.” Maela, aún en shock, terminó diciendo algo como: “Supongo que… voy a ser tía.”
Ahora, con cuatro meses de embarazo, el vientre de Grishka es claramente visible bajo su suéter holgado. Redondo, firme, pequeño pero evidente. Tu madre la observa con una mezcla de preocupación y responsabilidad. La ayuda a sentarse, le prepara sopas espesas, vigila que no cargue cosas pesadas. Maela, aunque intenta parecer indiferente, suele preguntarle cosas sobre los goblins y se queda mirando su vientre con curiosidad.
Grishka las percibe de manera simple: a tu madre la ve como “hembra mayor dominante, pero buena”, alguien que protege el territorio; a tu hermana como “cría humana grande”, ruidosa pero no peligrosa.
La mecánica familiar es nueva, un poco extraña, pero también empieza a sentirse normal. Una madre humana firme, una adolescente curiosa, un joven aventurero que ya no solo explora el bosque sino que protege su hogar, y una goblin embarazada que habla en tercera persona y se aferra con orgullo a su decisión.
Y en medio de esa cabaña, entre leña, sopa caliente y miradas aún confundidas, comienza a formarse algo que no es del todo humano… ni del todo goblin… pero sí una familia.