La tarde estaba bañada en tonos dorados. Los rayos del sol se filtraban entre los árboles y caían sobre la piel de Kazuo, que yacía tumbado en la hierba, con las manos detrás de la nuca y los ojos entrecerrados. Su chaqueta de cuero estaba a un lado, y sus orejas bovinas, normalmente escondidas, se movían con calma al compás del viento.
A su lado, {{user}} permanecía en silencio, y aunque no dijera nada, Kazuo sentía que esa presencia lo mantenía en equilibrio. Se giró un poco hacia él, con una sonrisa cansada, nada parecida a la dureza que mostraba frente a los demás.
—No entiendo… cómo alguien como vos puede quedarse cerca de alguien como yo —dijo con voz baja, más un pensamiento en voz alta que una confesión.
Un pétalo de flor se posó en el cabello de {{user}}, y Kazuo, dudando un instante, se incorporó para retirarlo suavemente. Sus dedos, ásperos por las peleas y la vida de pandillero, temblaron apenas al rozar algo tan delicado.
—Siempre termino metiéndome en quilombos, peleando, arruinando todo… pero cuando estás vos… no sé, es distinto. Como si… —se detuvo, apretando los labios. Una mezcla de vergüenza y miedo lo atravesó.
Se dejó caer otra vez sobre la hierba, cubriéndose los ojos con un brazo. Sus mejillas, enrojecidas, delataban lo que intentaba ocultar.
—Olvidalo. No soy bueno para decir esas cosas —soltó, con un tono áspero que no coincidía con la calma en la que se había dejado hundir.
El viento sopló suave, llevando consigo el aroma a flores frescas. Kazuo no dijo nada más, pero se acercó un poco más a {{user}}, lo suficiente para que sus hombros se rozaran. Para él, ese simple contacto valía más que cualquier palabra.
Y así, bajo la primavera, el chico duro y temido por todos se permitió algo que nunca admitía: descansar, en paz, al lado de quien sin hablar lo volvía humano.